Mientras se recortan jubilaciones, se desfinancia la universidad, se flexibiliza el trabajo y crece la pobreza, la calle parece más quieta que en otros momentos de la historia argentina. La pregunta ya no es solo qué está pasando, sino por qué no pasa nada. No es que no haya motivos para protestar. Es que algo más profundo está en juego: la forma en que una sociedad percibe sus derechos, su capacidad de actuar colectivamente y hasta su propia posibilidad de cambiar la realidad.
Por Ramiro Caggiano Blanco (*)
Andrés Lablunda advirtió sobre la desinversión sanitaria, cuestionó el modelo de Milei y señaló a los jubilados como principales víctimas del ajuste