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Nota Completa

El silencio también es una política

Publicado : 20/04/2026
(Review)

Mientras se recortan jubilaciones, se desfinancia la universidad, se flexibiliza el trabajo y crece la pobreza, la calle parece más quieta que en otros momentos de la historia argentina. La pregunta ya no es solo qué está pasando, sino por qué no pasa nada. No es que no haya motivos para protestar. Es que algo más profundo está en juego: la forma en que una sociedad percibe sus derechos, su capacidad de actuar colectivamente y hasta su propia posibilidad de cambiar la realidad.

La Argentina atraviesa un momento donde los conflictos sobran, pero la reacción social parece escasa. Jubilados perdiendo poder adquisitivo mes a mes, universidades públicas funcionando con presupuestos deteriorados, discusiones sobre la baja de la edad de inimputabilidad, retrocesos en la protección ambiental como la flexibilización de controles sobre glaciares, y un mercado laboral cada vez más precario. Todo eso ocurre al mismo tiempo. Y, sin embargo, la respuesta colectiva no alcanza la magnitud de lo que está en juego.

La explicación no puede buscarse solo en el miedo o en el cansancio. Hay algo más estructural: una transformación en la forma en que la sociedad se percibe a sí misma y en su capacidad de actuar como sujeto colectivo.

Los textos sobre el precariado ayudan a entender este fenómeno. En contextos de precarización creciente, los trabajadores no solo pierden estabilidad económica: pierden también derechos asociados a la ciudadanía y vínculos de pertenencia colectiva, lo que debilita su capacidad de acción común . Ya no se trata únicamente de salarios bajos o empleos inestables, sino de una fragmentación más profunda: individuos que enfrentan solos problemas que antes eran colectivos.

Esa fragmentación tiene consecuencias políticas. Cuando el trabajo es inestable, cuando no hay certezas sobre el futuro, cuando los ingresos fluctúan o dependen de condiciones inciertas, se vuelve más difícil organizarse, reclamar o incluso imaginar alternativas. La precariedad no solo ordena la economía: ordena la subjetividad.

Y ahí aparece una clave central: la construcción de la conciencia colectiva no es automática. Requiere procesos de identificación, de reconocimiento de necesidades comunes y de construcción de sentido compartido . Si esos procesos se debilitan —por individualización, miedo o incertidumbre— la protesta también se debilita.

Lo que está en juego no es solo una serie de medidas aisladas, sino una disputa por el significado mismo de los derechos. Porque los derechos no existen si no son reconocidos como tales por la sociedad. Y esa conciencia, lejos de ser natural, se construye o se limita según el contexto histórico .

En paralelo, el deterioro de las instituciones colectivas —sindicatos, universidades, organizaciones sociales— también juega su papel. Cuando esas estructuras se debilitan, no solo se pierden herramientas de defensa, sino también espacios donde se construye identidad colectiva. Como señala Castells, la tendencia hacia relaciones laborales individualizadas y la erosión de la solidaridad social terminan afectando directamente a los trabajadores y al conjunto del tejido social .

En ese contexto, la falta de movilización no necesariamente indica conformidad. Puede ser, en cambio, el resultado de una sociedad fragmentada, donde cada individuo enfrenta problemas estructurales como si fueran personales. Donde el endeudamiento familiar, la pérdida de ingresos o la precariedad laboral se viven en soledad, sin traducirse en acción colectiva.

Pero hay algo más incómodo todavía. La historia demuestra que los derechos no se pierden de golpe: se erosionan. Se naturalizan retrocesos. Se aceptan recortes como inevitables. Se discuten problemas estructurales como si fueran decisiones técnicas. Y en ese proceso, la falta de reacción social termina siendo funcional a esos cambios.

Mientras tanto, los efectos son concretos. Jubilados que ajustan su consumo básico, estudiantes que ven deteriorarse sus condiciones de estudio, trabajadores que aceptan empleos más precarios, familias que se endeudan para sostener gastos cotidianos. La pobreza no es solo un dato estadístico: es una experiencia diaria que se expande.

La pregunta, entonces, no es solo por qué no hay más protestas. La pregunta es qué condiciones hacen falta para que una sociedad vuelva a reconocerse como sujeto colectivo.

Porque los movimientos sociales no surgen automáticamente de las crisis. Surgen cuando hay identidad, organización y sentido compartido. Cuando los problemas dejan de ser individuales y se vuelven comunes. Cuando la desigualdad deja de vivirse en silencio.

Y tal vez ahí esté el punto más incómodo de este momento histórico: no en la falta de motivos, sino en la dificultad de convertir esos motivos en acción.

El silencio, en ese sentido, no es neutral. Es parte del problema.

Referencias (formato APA)
Soares, K. P. (2023). El precariado. ¿Una clase o un movimiento social?
Castells, M. (2019). Globalización, tecnología, trabajo, empleo y empresa