A 50 años del asesinato de Angelelli, el crimen que la dictadura quiso ocultar

El obispo riojano fue asesinado el 4 de agosto de 1976 mientras investigaba los crímenes contra sacerdotes comprometidos con los sectores populares. En 2014, la Justicia Federal confirmó que no se trató de un accidente sino de un homicidio planificado por el terrorismo de Estado.

Este 4 de agosto se cumplen 50 años del asesinato de monseñor Enrique Angelelli, uno de los crímenes más emblemáticos perpetrados por la última dictadura cívico-militar contra integrantes de la Iglesia comprometidos con los sectores populares. Durante décadas, el régimen intentó instalar la versión de un accidente automovilístico ocurrido sobre la Ruta Nacional 38, en La Rioja. Sin embargo, la investigación judicial y el juicio realizado en democracia demostraron que el obispo fue víctima de un homicidio cuidadosamente planificado para silenciar su tarea pastoral y su compromiso con la denuncia de las violaciones a los derechos humanos.

Angelelli regresaba de la localidad de Chamical junto al sacerdote Arturo Pinto luego de acompañar a las comunidades golpeadas por una escalada represiva que ya se había cobrado la vida de los sacerdotes Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville y del dirigente campesino Wenceslao Pedernera. El obispo reunía testimonios y documentación sobre esos asesinatos cuando el vehículo en el que viajaba fue interceptado y obligado a volcar. La versión oficial habló de un accidente de tránsito, pero la escena había sido montada para encubrir un crimen político.

Las investigaciones posteriores determinaron que, tras el vuelco, Angelelli recibió un golpe letal en la nuca y que desapareció la carpeta con la documentación que transportaba sobre los crímenes que investigaba. Aquella maniobra formó parte de la estrategia de encubrimiento desplegada por la dictadura para ocultar el asesinato de uno de los principales referentes de la Iglesia que había asumido la opción preferencial por los pobres impulsada por el Concilio Vaticano II y la Conferencia Episcopal de Medellín.

Recién con la recuperación democrática comenzó a desmoronarse la versión construida por el terrorismo de Estado. El 4 de julio de 2014, el Tribunal Oral Federal de La Rioja condenó a los ex militares Luciano Benjamín Menéndez y Luis Fernando Estrella por el homicidio de Angelelli, estableciendo que el supuesto accidente había sido un asesinato cometido en el marco del plan sistemático de persecución y exterminio desplegado por la dictadura. La sentencia reconoció que el crimen formó parte del terrorismo de Estado y descartó definitivamente la hipótesis sostenida durante años por los responsables del golpe.

La figura de Angelelli se convirtió con el tiempo en un símbolo de la Iglesia comprometida con la justicia social. Su tarea pastoral estuvo marcada por el acompañamiento a trabajadores, campesinos y cooperativas, lo que le valió el enfrentamiento con los sectores más conservadores de la provincia y el permanente hostigamiento de las Fuerzas Armadas y de grupos civiles vinculados al poder económico. «Hay que tener un oído en el Evangelio y otro en el pueblo», repetía como síntesis de una concepción cristiana profundamente ligada a las luchas populares.

Cinco décadas después de su asesinato, la memoria de Enrique Angelelli continúa interpelando a la Argentina. Su historia recuerda que el terrorismo de Estado no persiguió únicamente a militantes políticos y sindicales, sino también a religiosos que asumieron la defensa de los sectores más humildes y denunciaron la violencia ejercida por la dictadura. La condena judicial de sus asesinos cerró uno de los capítulos más prolongados del encubrimiento, pero su legado sigue vigente como una referencia ética en la defensa de los derechos humanos, la justicia social y la dignidad de los pueblos.

Hoy, a 50 años de aquel crimen, el recuerdo de Angelelli permanece unido a las banderas de Memoria, Verdad y Justicia y a la convicción de que ningún proyecto democrático puede construirse sobre el olvido de quienes dieron su vida por un país más justo.

Gustavo Cano
Gustavo Cano
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