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Nota Completa

EL VERDADERO ROL DEL ESTADO: DE LA ILUSIÓN INDIVIDUAL AL CAMINO COLECTIVO

Publicado : 23/08/2025
(Review)

Por Oscar Rodríguez, Bibliotecario, docente, militante socialista y de Bibliotecas Populares en Lucha

Muchos jóvenes y adultos menores de cuarenta años crecieron en un mundo donde les hicieron creer que el “Estado” estaba asociado a la burocracia, la corrupción o la ineficiencia. Frente a eso, el discurso que prometía libertad total, menos regulaciones y la posibilidad de crecer con talento propio —desde una aplicación, un emprendimiento digital o una idea innovadora— parecía una salida atractiva. Se vendió la idea de que cada uno podía “ser su propio jefe”, competir sin límites y alcanzar el éxito individual.

Sin embargo, la realidad de estos años muestra algo distinto. Quienes confiaron en esa promesa hoy sienten la decepción: los servicios básicos se encarecen, las oportunidades de empleo se achican y hasta los propios emprendimientos digitales enfrentan condiciones injustas en un mercado que concentra cada vez más poder en pocas manos. El sueño de la libertad individual sin Estado se transformó en una carrera desigual donde los grandes jugadores siempre ganan y los pequeños quedan a la deriva.

La clave está en comprender que el Estado no es el enemigo de la libertad, sino su condición de posibilidad real. Pensemos en algo sencillo: las aplicaciones de transporte, de entregas o de servicios digitales, ¿hubieran podido existir sin un Estado que garantizara infraestructura eléctrica, calles transitables, educación para programadores y hasta hospitales para atender accidentes de repartidores? Lo que hace posible que cada iniciativa individual funcione es un entramado colectivo que sostiene lo básico para todos.

Cuando el Estado se retira, lo que aparece no es más libertad, sino más desigualdad. El mercado, por definición, concentra en quienes ya tienen ventajas. Lo decía Karl Polanyi hace casi un siglo: un mercado sin reglas destruye el tejido social. Lo demuestran también las estadísticas actuales: donde se desfinancia al Estado, aumentan la pobreza y la exclusión. Donde el Estado invierte en salud, educación, conectividad y cultura, florece la movilidad social ascendente y el desarrollo.

El error no estuvo en soñar con un crecimiento personal, sino en creer que ese sueño podía realizarse de manera aislada. La verdadera innovación, la verdadera libertad para crear, emprender y crecer, solo es posible en un marco de derechos colectivos garantizados. Un programador necesita universidades públicas; un repartidor necesita leyes laborales; un emprendedor necesita acceso a crédito justo; un artista necesita becas y circuitos culturales.

La salida, entonces, no es abandonar el sueño individual, sino reconocer que ese sueño depende de un proyecto colectivo. El Estado fuerte, lejos de ser una traba, es el que equilibra la cancha, limita el abuso de los grandes y asegura que las oportunidades no sean privilegio de unos pocos.

Hoy, la decepción puede ser también una oportunidad: repensar que el verdadero camino al crecimiento no está en el sálvese quien pueda, sino en la construcción de una comunidad donde el esfuerzo personal se potencia con políticas públicas. Como en una biblioteca popular: cada uno entra con su interés particular, pero todos encuentran un espacio que se sostiene colectivamente. Y allí está la clave: el progreso individual florece cuando lo común está protegido.