Desde su ascenso al poder, Donald Trump ha implementado políticas agresivas que no solo amenazan la soberanía de América Latina, sino que también tensionan las relaciones globales, poniendo en jaque la estabilidad del orden internacional.
Desde su llegada a la Casa Blanca, Donald Trump ha implementado un conjunto de políticas beligerantes que no solo buscan reafirmar la hegemonía de Estados Unidos sobre América Latina, sino también generar fricciones con otras potencias globales. Bajo el lema de “Hacer América Grande de Nuevo”, el mandatario ha revivido una versión distorsionada de la doctrina Monroe, con el objetivo de subyugar a los países latinoamericanos a una nueva forma de imperialismo, despojando a la región de su autonomía política y económica.
Desde su primer día en el cargo, Trump desató una guerra comercial y arancelaria contra China, México y Canadá, con tarifas de hasta el 25% en productos importados. Este proteccionismo agresivo también se ha extendido al ámbito militar, con amenazas de intervenciones y despliegues de tropas en diversas zonas del continente. La administración ha desafiado a los aliados tradicionales, como la Unión Europea, al imponer sanciones unilaterales y presionar a sus gobiernos para que sigan sus dictados, cuestionando la viabilidad de los acuerdos comerciales y desafiando la estabilidad de los mercados globales.
En el caso de América Latina, las tensiones se intensificaron con la anexión de territorios estratégicos, como Groenlandia, un territorio danés que Trump intentó adquirir, y el cuestionamiento sobre el Canal de Panamá, cuyo control ha sido reiteradamente amenazado. Estas políticas reflejan un afán de subordinar a los pueblos de la región, sin tener en cuenta los derechos soberanos de las naciones que habitan estas tierras.
El Golfo de México ha sido otro blanco de esta ofensiva. La administración estadounidense modificó unilateralmente su nombre a “Golfo de Estados Unidos”, eliminando así el reconocimiento histórico de un territorio compartido entre diversos países de la región. Esta alteraciones no es un acto aislado, sino una parte de la estrategia imperialista de Trump, que pretende reconfigurar la geografía política del continente a su favor.
En relación con Cuba, las sanciones económicas se han endurecido, incrementando las restricciones al comercio y la inversión. La política de Trump ha buscado asfixiar la economía cubana y destruir su modelo socialista, sin éxito. En Venezuela, el mandatario ha mantenido una presión constante sobre el gobierno de Nicolás Maduro, promoviendo bloqueos, sanciones y acciones diplomáticas para aislarlo, mientras la resistencia bolivariana se fortalece frente a este cerco imperial.
Al mismo tiempo, las relaciones con China y la Unión Europea han vivido una tensión creciente. Trump ha desatado una guerra comercial con China que ha desestabilizado los mercados internacionales y ha debilitado el sistema financiero global. Además, sus acciones y declaraciones han puesto en peligro la unidad de la Unión Europea, una de las principales potencias económicas y políticas del mundo, a la que ha desafiado abiertamente, poniendo en riesgo la estabilidad de los acuerdos comerciales internacionales.
A nivel global, el poder de Estados Unidos ha comenzado a erosionarse, especialmente frente al ascenso de potencias como China, Rusia y los países miembros del bloque BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Estos países están desafiando la hegemonía estadounidense al promover un nuevo orden financiero, que busca reducir la dependencia del dólar y reconfigurar el comercio internacional a favor de las economías emergentes. El aislamiento de Trump y su política unipolar ha colocado a Estados Unidos en una posición vulnerable frente a este giro geopolítico global.
Frente a este escenario, los países de América Latina deben reforzar su unidad y solidaridad para contrarrestar las amenazas de subyugación imperialista. La historia ha demostrado que la resistencia a las políticas de dominación externa es posible, pero requiere de una respuesta contundente y coordinada. Es imperativo que las naciones del continente se mantengan firmes en defensa de su soberanía y trabajen en conjunto para contrarrestar los avances de un imperialismo que, en su fase de decadencia, busca imponer un orden mundial injusto.