Treinta mil razones nos obligan a no olvidar. Mientras algunos buscan romantizar el terrorismo de Estado, la historia nos recuerda que la dictadura no solo impuso el horror, sino que también dejó un país devastado económica y socialmente. La memoria, la verdad y la justicia siguen siendo trincheras imprescindibles.
La historia no es una línea recta ni un cuento de hadas. Hay quienes insisten en romantizar los golpes de Estado, como si fueran travesuras de militares con ínfulas de salvadores. Pero la realidad es cruda y contundente: 2818 días de terror, sangre y saqueo. La dictadura cívico-militar que asoló a la Argentina entre 1976 y 1983 no solo secuestró, torturó y desapareció a 30.000 personas, sino que además dejó un país endeudado, empobrecido y con cicatrices que siguen abiertas.
Cuatro presidentes de facto se turnaron en la Casa Rosada, mientras el aparato represivo instalaba 340 centros clandestinos de detención, cerraba 20.000 fábricas y multiplicaba por seis la deuda externa. En el mismo país donde la pobreza saltó del 4,4% al 37,4%, el Mundial de 1978 costó 500 millones de dólares. Mientras Videla sonreía en el palco y la pelota rodaba, 69 personas eran secuestradas y desaparecían en las mazmorras de la dictadura.
No faltaron los aplausos internacionales. Estados Unidos, tan rápido para condenar democracias populares, fue el primer Estado en reconocer a Videla. El FMI, infalible en su apoyo a los verdugos del pueblo, aprobó un crédito de 110 millones de dólares el mismo día del golpe, cuando todavía ninguna otra nación había reconocido a la flamante dictadura.
En el altar del "orden" y la "moral" se prohibieron más de 200 canciones, 600 libros y 130 películas. Censura, persecución y represión para asegurarse de que solo se escuchara una voz: la de los verdugos.
Pero si algo caracteriza a las dictaduras en América Latina es su vocación de saqueo. La nacionalización de la deuda privada fue una de las estafas más monumentales de la historia argentina. Con la complicidad de Domingo Cavallo, el Estado asumió la deuda de 70 grandes empresas, entre ellas el Grupo Macri, Techint, Fiat, Ford y Citibank. El costo: 22.000 millones de dólares. Es decir, la mitad de la deuda que generó la dictadura. El pueblo pagó, las corporaciones festejaron.
Y después vino Malvinas. La misma dictadura que decía defender la patria envió a 14.000 soldados, muchos de ellos sin entrenamiento ni equipamiento adecuado, a una guerra absurda y desesperada. 649 murieron en combate. Otros 350 no soportaron la desidia del Estado tras la rendición y se suicidaron.
La dictadura cayó, pero sus cómplices siguen entre nosotros. La derecha insiste en reivindicar su legado, mientras aplica los mismos mecanismos de ajuste y exclusión que fueron paridos en aquellos años oscuros. Hoy, con un presidente que fantasea con destruir el Estado y someter a los argentinos a la lógica despiadada del mercado, es imposible no trazar un paralelismo. La historia nos enseña, pero algunos prefieren ignorarla.
Treinta mil razones nos obligan a no olvidar. La democracia se defiende con memoria, verdad y justicia. Porque si no aprendemos del pasado, corremos el riesgo de repetirlo.