A setenta años de los fusilamientos ordenados por la dictadura de la Revolución Libertadora, la memoria de aquellos militantes, trabajadores y militares leales al pueblo sigue interpelando a una Argentina donde la democracia y la justicia social continúan siendo terrenos de disputa.
El 9 de junio de 1956 no fue un episodio aislado de la historia argentina. Fue el momento en que una dictadura decidió que la proscripción política, la persecución ideológica y el odio de clase no eran suficientes y resolvió agregarle el terrorismo de Estado como método de gobierno. Aquella noche, el levantamiento encabezado por el general Juan José Valle, el general Raúl Tanco, el teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno y cientos de civiles y militares peronistas fue derrotado. Lo que vino después fue mucho más grave: la decisión de fusilar.
La autodenominada Revolución Libertadora había llegado al poder pocos meses antes mediante el bombardeo, la persecución y el derrocamiento de un gobierno constitucional. Había prohibido el nombre de Perón, había intervenido sindicatos, encarcelado dirigentes y pretendía borrar de la memoria colectiva una década de ampliación de derechos sociales. Lo que no comprendieron quienes se creían dueños de la Argentina era que el peronismo podía ser proscripto de las elecciones, pero no arrancado del corazón de su pueblo.
Los hombres que se levantaron aquel 9 de junio lo hicieron bajo una consigna que conserva una vigencia conmovedora: "No nos guía otro propósito que el de restablecer la soberanía popular, esencia de nuestras instituciones democráticas". No peleaban por privilegios ni por cargos. Peleaban por el derecho del pueblo a elegir su destino. Peleaban contra un régimen que había reemplazado las urnas por los fusiles y la voluntad popular por la imposición de una minoría que gobernaba sostenida por la violencia.
Los fusilamientos de José León Suárez se transformaron en el símbolo más brutal de aquella etapa. Trabajadores, militantes y ciudadanos comunes fueron secuestrados y ejecutados sin juicio previo. Algunos sobrevivieron para contar el horror. Gracias a ellos, y al trabajo monumental de Rodolfo Walsh en *Operación Masacre*, la Argentina supo que había fusilados que vivían y que el Estado había cometido un crimen que intentaba ocultar.
Pero José León Suárez representa mucho más que una masacre. Representa el nacimiento de algo nuevo. Allí comenzó la Resistencia Peronista. Allí empezó una larga etapa de organización popular, de militancia clandestina, de lucha sindical y de construcción política que mantuvo viva la identidad peronista durante dieciocho años de proscripción. Cada volante repartido en secreto, cada pintada en una pared, cada paro, cada acto de resistencia tuvo su origen en aquella sangre derramada.
Por eso la historia de Valle y de los fusilados no pertenece solamente al pasado. Pertenece también al presente. Porque cada vez que se intenta disciplinar al pueblo, restringir derechos o concentrar el poder en manos de unos pocos, la memoria de aquellos hombres vuelve a interpelarnos. No como una nostalgia, sino como una advertencia.
Setenta años después, la Argentina sigue discutiendo los mismos dilemas de fondo: democracia o imposición, soberanía popular o privilegios de minorías, justicia social o exclusión. Y es precisamente por eso que José León Suárez conserva toda su fuerza política. Porque recuerda que hubo argentinos dispuestos a jugarse la vida para defender la voluntad popular cuando hacerlo significaba enfrentarse a la cárcel, la tortura o la muerte.
A setenta años de aquellos fusilamientos, la mejor manera de homenajear a Valle, a Cogorno, a los trabajadores asesinados y a todos los hombres y mujeres de la Resistencia es mantener viva la memoria de aquello que intentaron defender. La soberanía popular, la democracia y la justicia social no son conquistas definitivas. Son banderas que cada generación debe volver a levantar.
Porque la Resistencia no nació de una derrota. Nació de una convicción. Y esa convicción sigue diciendo, siete décadas después, que podrán perseguir dirigentes, proscribir ideas e incluso fusilar militantes, pero jamás podrán derrotar a un pueblo que lucha por su dignidad.