Hay momentos en que la historia no se repite, pero rima. Lo que ocurre hoy, 19 de mayo de 2026 en las calles de Bolivia —movilizaciones masivas, una huelga general indefinida, enfrentamientos con las fuerzas de seguridad y un saldo que ya incluye víctimas fatales— resuena con una frecuencia inconfundible.
Es el eco de la Guerra del Agua de 2000, pero también es algo radicalmente nuevo. Es un "déjà-vu" con características modernas, y lo que está en juego no es solo el futuro de Bolivia, sino el de toda América Latina.
El mismo patrón, 26 años después
En el año 2000, Cochabamba se convirtió en el epicentro de una rebelión que marcaría un antes y después en la historia de las luchas antineoliberales. El gobierno de Hugo Banzer, siguiendo las recetas del Banco Mundial, había privatizado el servicio de agua potable y entregado su gestión por 40 años a Aguas del Tunari, un consorcio liderado por la multinacional estadounidense Bechtel. La Ley 2029 otorgaba a esta empresa el monopolio sobre todos los recursos hídricos de la región —incluyendo los sistemas comunitarios y de riego tradicionales— y, como corolario, las tarifas se dispararon entre un 35% y un 200%. En un país donde el salario mínimo apenas alcanzaba los 70 dólares mensuales, pagar 20 dólares por el servicio era sencillamente imposible.
La respuesta popular fue la formación de la "Coordinadora en Defensa del Agua y la Vida", una coalición inédita que unió a campesinos, obreros fabriles, vecinos y gremialistas bajo el liderazgo de Óscar Olivera y Omar Fernández. Tras meses de protestas, paros y una feroz represión que dejó un joven de 17 años, Víctor Hugo Daza, como única víctima fatal, el gobierno se rindió el 10 de abril de 2000. El contrato con Bechtel fue rescindido, la Ley 2029 derogada, y el mundo vio que el neoliberalismo podía ser derrotado desde abajo.
Hoy, el presidente Rodrigo Paz —nieto del mítico Víctor Paz Estenssoro, arquitecto de la Revolución Nacional de 1952— aplica la misma receta con otro ropaje. En apenas seis meses de gestión (asumió en diciembre de 2025), logró lo que parecía improbable: unificar en su contra a la Central Obrera Boliviana (COB), los mineros, los maestros, los campesinos y los movimientos indígenas.
Su fórmula: copiar el "modelo Milei" de ajuste de shock. Eliminación de subsidios a los combustibles (con aumentos de hasta el 160%), reformas que mercantilizan la tierra, privatización de empresas estatales y eliminación del impuesto a la riqueza. El resultado es el mismo que en 2000: el pueblo en las calles, la COB con una huelga general indefinida, y un gobierno que responde con el "Corredor Humanitario" —3.500 efectivos militares desplegados—, cuatro muertos y decenas de heridos.
La paradoja argentina: la admiración que duele
Mientras tanto, en Argentina, una sensación incómoda recorre las redes sociales. "Hay que seguir el ejemplo de los bolivianos", se lee en miles de publicaciones. La frase condensa una frustración que crece: ante la "motosierra" de Javier Milei —que licuó salarios, recortó el gasto social, entregó empresas públicas a amigos y aliados a precios subvaluados y profundizó la destrucción social y económica— la respuesta social argentina parece fragmentada, desarticulada, apática.
No es que no haya resistencia. Los jubilados marchan todos los miércoles desde hace meses, las universidades se han movilizado, los trabajadores han realizado algunos paros sectoriales. Pero la comparación con Bolivia es ineludible: allá, una huelga general indefinida, unidad de todos los sectores populares, el gobierno tambaleando a los seis meses de asumir. Aquí, una oposición desgastada, una CGT prudente, y un Milei que, pese al ajuste brutal, mantiene un piso electoral de un 30%, inexplicable.
Esa comparación genera en muchos argentinos una mezcla de admiración y vergüenza: "ellos sí, nosotros no". Y también una pregunta incómoda: ¿qué falta para que el "Argentinazo 2.0" finalmente estalle?
El gran matiz geopolítico: el "patio trasero" descuidado (2000) vs. el "patio trasero" aferrado (2026)
Para entender por qué el ciclo de 2000-2003 pudo prosperar y por qué el de 2026 enfrenta una ofensiva mucho más coordinada, hay que mirar qué estaba haciendo Estados Unidos en cada momento. El "déjà-vu" tiene un matiz geopolítico que lo cambia todo.
Entonces, a principios de milenio, Estados Unidos estaba distraído. Muy distraído.
El 11 de septiembre de 2001 cambió el tablero mundial. La administración de George W. Bush lanzó su "guerra contra el terrorismo" y puso su mirada —y sus recursos militares, financieros e ideológicos— en Medio Oriente. En octubre de 2001 invadió Afganistán. En 2003, con la infame presentación de Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU mostrando un tubito con polvo blanco que él aseguraba era la prueba de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, invadió Irak.
América Latina, en ese contexto, quedó en un segundo plano. Era el "patio trasero", sí, pero un patio trasero descuidado, atendido con recetas automáticas del FMI y el Banco Mundial, pero sin una intervención activa y coordinada. Eso permitió que los procesos de rebelión popular que estallaron en Bolivia (2000 y 2003), Argentina (2001), Venezuela (2002) y Brasil (2003) tuvieran un margen de maniobra inusual. La Casa Blanca estaba ocupada construyendo lo que algunos analistas llamaron el "7 en 5": la idea —documentada en planes estratégicos de la época— de transformar siete países de Medio Oriente en cinco años, bajo el supuesto de que la "primavera árabe" (que finalmente estallaría en 2011) era un instrumento controlable de expansión democrática aliada a los intereses norteamericanos. La historia demostró que ese plan se les fue de las manos, pero el hecho central es que, mientras todo eso ocurría, América Latina pudo dar su giro a la izquierda sin una contraofensiva imperial masiva.
Ahora, en 2026, la situación es la inversa.
Estados Unidos ya no está "distraído". Salió de Afganistán en 2021 con una derrota humillante. Irak sigue siendo un hervidero ingobernable. La "primavera árabe" derivó en guerras civiles, dictaduras restauradas y un Medio Oriente que ya no es el centro exclusivo de su atención. China se ha convertido en su principal rival estratégico global, y la semana pasada, según las informaciones que circulan, Donald Trump habría sufrido una importante derrota comercial y diplomática frente al gigante asiático.
¿Qué le queda al imperio decadente? Aferrarse a lo que siempre consideró suyo: América Latina.
La novedad: una internacional de derecha
Pero lo realmente nuevo de 2026, lo que diferencia este ciclo de aquel de 2000-2003, es lo que ocurre detrás de escena. La rebelión boliviana no ocurre en el vacío. Enfrente tiene a un gobierno que no está solo, lo acompaña una “troika” llamada por Jorge Aleman, entre otros, de "internacional de derecha".
Este matiz cambia todo el análisis. El "déjà-vu" de 2026 no es una repetición mecánica de 2000. Los pueblos de América Latina ya no luchan solo contra las élites locales y el FMI. Luchan contra toda la artillería de un imperio que ve en esta región su última chance de seguir siendo relevante.
El presidente Paz aplica el "modelo Milei" y recibe apoyo explícito del argentino. Los aviones Hércules C-130 que Argentina envió a Bolivia —oficialmente con "ayuda alimentaria" (pollos, según el gobierno)— son vistos con profunda sospecha por la oposición boliviana. El expresidente Evo Morales denunció que esos aviones trasladaban "gases lacrimógenos y balines". La oposición argentina (Unión por la Patria) ya presentó un pedido de informes para determinar la verdad. El hecho es que, al menos, el gesto de apoyo político de Milei al gobierno de Paz es inequívoco.
Pero esto es solo la punta del iceberg. A la alianza Paz-Milei se suma Daniel Noboa en Ecuador, que ha militarizado su propio país para reprimir protestas, y habría enviado otro avión Hércules con contenido “misterioso”. Y José Antonio Kast en Chile, permanente vocero de una mano dura que mira con simpatía el giro boliviano. La "Doctrina Trump" para la región —intervencionismo, apoyo a gobiernos afines, desestabilización de los que no lo son— parece estar en plena ejecución.
El "Hondurasgate": la pieza que confirma la trama
El 29 de abril de 2026, una investigación periodística difundida por Canal Red y el portal Hondurasgate publicó 37 audios atribuidos al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández —condenado por narcotráfico a 45 años, indultado por Donald Trump el 2 de diciembre de 2025, y liberado— en los que se revela la existencia de una red coordinada de desinformación y ataque a los gobiernos de izquierda de la región.
En un audio fechado el 30 de enero de 2026, dirigido a la vicepresidenta hondureña, la voz atribuida a Hernández afirma: "Le contaba al Presidente Asfura que pudimos hablar con Javier Milei, y él está apoyando con 350 mil dólares también. Estamos bastante listos". En otro audio, dirigido al presidente hondureño Nasry Asfura, Hernández detalla: "Estuve en una llamada con el presidente Javier Milei y fue exitosa. (...) Se vienen unos expedientes contra México, se vienen unos expedientes contra Colombia y, lo más importante, contra Honduras".
El objetivo, explicita Hernández en conversación con la vicepresidenta Mejía, es "atacar y extirpar el cáncer de la izquierda de ahí de Honduras y de toda Latinoamérica". Para ello, planea montar "una célula informativa" desde Estados Unidos, "para que no nos rastreen ahí en Honduras. Va a ser como un sitio de noticias latinoamericanas". Los blancos: Claudia Sheinbaum en México, Gustavo Petro en Colombia, y Xiomara Castro junto a Manuel Zelaya en Honduras. Con la inefable participación de Fernando Cerimedo, de la Derecha Diario, impresentable que trabaja con los Bolsonaro en Brasil, con Milei y con el actual presidente boliviano Rodrigo Paz.
Así, el "Hondurasgate" cumple una función clave: es la corroboración documental de que existe una coordinación regional de las derechas, con financiamiento, estructura de medios y un objetivo estratégico explícito. Bolivia, hoy, es el campo de batalla visible de esa ofensiva.
2000-2003 y 2026: dos ciclos, un mismo pulso
Para comprender la magnitud de lo que ocurre, conviene establecer un paralelo sistemático entre ambos momentos:
En 2000-2003, el ciclo comenzó con la Guerra del Agua en Bolivia (2000), continuó con el estallido argentino (2001) que derribó a De la Rúa y proclamó el "Que se vayan todos", se extendió con la resistencia al golpe contra Chávez en Venezuela (2002), y culminó con la Guerra del Gas en Bolivia (2003) que expulsó a Gonzalo Sánchez de Lozada y allanó el camino para la llegada de Evo Morales (2006). En paralelo, Lula llegaba al poder en Brasil (2003) y Tabaré Vázquez en Uruguay (2005). Fue la primera "Marea Rosa" sudamericana, el gran ciclo de gobiernos progresistas que puso fin a la hegemonía neoliberal.
En 2026, el ciclo parece estar reiniciándose con características propias: la rebelión en Bolivia contra el ajuste de Paz es el primer gran estallido; la frustración contenida en Argentina y la comparación con Bolivia indican que el "basta" argentino podría estar gestándose; las disputas electorales en Brasil, Chile y Uruguay definirán si la marea vuelve a teñirse de rosa; y enfrentamos una novedad inédita: una internacional de derecha coordinada (Milei, Noboa, Kast, Trump, Vox (España), Chega (Portugal), etc.) que opera explícitamente para "extirpar el cáncer de la izquierda", como revelan los audios del Hondurasgate.
¿Un nuevo ciclo o una guerra prolongada?
La pregunta es inquietante y no tiene respuesta unívoca. ¿Estamos ante el inicio de un nuevo ciclo de rebeliones populares que, como entre 2000 y 2003, termine con un giro a la izquierda en la región? ¿O ante una profundización de una guerra civil de baja intensidad entre dos proyectos antagónicos que ya no se toleran —una "guerra fría latinoamericana" en caliente— y que podría extenderse por años?
La respuesta dependerá de varios factores: de lo que ocurra en las próximas semanas en Bolivia, donde la COB ha declarado la huelga general indefinida y el gobierno se aferra al poder con ayuda externa; de lo que ocurra en Argentina, donde la apatía que denuncian las redes sociales podría convertirse en estallido si la situación económica sigue degradándose; de lo que ocurra en las urnas en Brasil, Chile y Uruguay; y de la capacidad de los movimientos populares de la región para articular una respuesta coordinada a la altura de este desafío.
Porque si algo enseñó la Guerra del Agua de 2000 es que el neoliberalismo se derrota en las calles, pero también en las urnas y en las conciencias. Y que ninguna "motosierra", ningún ajuste, ninguna alianza de gobiernos de derecha y ninguna red de desinformación son más poderosos que un pueblo organizado.
Hoy, 19 de mayo de 2026, los bolivianos están dando esa lección otra vez. La policía reprime en La Paz, El Alto y Cochabamba. Los muertos empiezan a contarse. La COB resiste. Y el mundo mira. La pregunta es si el resto de la región está dispuesta a aprenderla, y a actuar en consecuencia.
El "déjà-vu" de 2026 no es una repetición fantasma. Es una oportunidad. Ojalá no la dejemos pasar.
(*) Abogado, doctor por la Universidad de San Pablo y comunicador social