Para desviar la atención del escándalo del criptofraude y capitalizar el temor, Milei amenaza con intervenir Buenos Aires. Un intento desesperado de tapar la crisis con pirotecnia política.
Javier Milei no gobierna, improvisa. Entre denuncias de estafa internacional y el desplome económico, el presidente recurre a su estrategia favorita: lanzar amenazas rimbombantes para correr el foco. Esta vez, su blanco es la provincia de Buenos Aires. Desde su cuenta de X, le exigió a Axel Kicillof que renuncie y amagó con una intervención federal.
El mensaje es claro: el oficialismo no tiene agenda de gobierno, solo pirotecnia mediática para alimentar el show. "Si le interesa el bienestar de los bonaerenses, córrase del camino y déjenos intervenir la Provincia. En un año nosotros vamos a terminar con la violencia", escribió Milei. Un guion de fantasía que ignora la realidad y la Constitución.
Axel Kicillof no cayó en la provocación. Respondió con datos y expuso la maniobra del gobierno libertario. "Hoy es un día triste. Sé que algunos usan esto para ganar un voto, lucrar con el dolor y ver si pueden sacar una ventaja", denunció tras el asesinato de la niña Kim Gómez en La Plata. El gobernador enfatizó que la solución no es la demagogia punitiva, sino una política de seguridad seria y con justicia social.
El problema de Milei es que la intervención federal no es una orden que se tuitea. La Constitución establece que sólo puede aplicarse si está en riesgo la forma republicana de gobierno, hay invasión extranjera o las autoridades provinciales lo solicitan. Nada de esto ocurre en Buenos Aires. Pero la derecha nunca se preocupó por las formas democráticas.
Históricamente, las intervenciones federales han sido usadas como castigo político. Yrigoyen lo hizo en 1917 contra un gobernador opositor. La dictadura las utilizó para anular la voluntad popular. En 1991 y 2003, se aplicaron tras escándalos de corrupción y crisis institucionales. Pero en Buenos Aires no hay crisis, solo un gobierno provincial que no se arrodilla ante el libertarismo.
Mientras Milei fantasea con golpes institucionales, la economía sigue en caída libre, los salarios se pulverizan y el escándalo del criptofraude lo cercena internacionalmente. La amenaza de intervención es una cortina de humo. Pero la realidad siempre termina alcanzando a los farsantes.