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Nota Completa

A Julio De Vido lo estan matando. A Héctor Timerman ya lo mataron.

Publicado : 08/04/2026
(Review)

Enfermo, preso y sometido a un proceso atravesado por la política, su situación reabre una discusión incómoda: hasta dónde puede avanzar la justicia sin transformarse en un mecanismo de castigo anticipado.

El cuadro de salud de Julio De Vido ya no admite eufemismos. En cuestión de días atravesó una fibrilación auricular, fue sometido a una cardioversión eléctrica y a un cateterismo que derivó en la colocación de un stent tras detectarse lesiones coronarias severas. Tiene 76 años, es diabético insulinodependiente y requiere controles permanentes. No se trata de una condición estable ni de un cuadro compensado: es un paciente de riesgo cuya evolución depende de un seguimiento médico constante que el sistema penitenciario no está en condiciones de garantizar. Aun así, continúa detenido.

Ese dato, por sí solo, debería alcanzar para encender alarmas. Pero en la Argentina reciente existe un antecedente que vuelve todo más grave. Héctor Timerman fue sometido a un proceso judicial mientras padecía una enfermedad oncológica, con restricciones que condicionaron su tratamiento y con decisiones que se prolongaron en el tiempo mientras su estado se deterioraba. Murió sin condena firme. Años más tarde, la propia Justicia determinó que no había delito. Lo que quedó no fue una resolución judicial: fue la evidencia de un daño irreparable.

El caso de De Vido se inscribe en esa misma lógica. No puede analizarse únicamente desde el expediente ni desde la formalidad de las decisiones judiciales. Requiere ser leído en el marco de un proceso más amplio en el que la justicia deja de ser un poder independiente para convertirse en un actor que interviene en la disputa política.

Durante doce años, De Vido fue ministro de Planificación Federal, desde donde se ejecutó el mayor proceso de obra pública de la historia reciente argentina. Infraestructura vial, energética, habitacional y de saneamiento que no solo implicó inversión estatal sino también una orientación concreta: utilizar al Estado como herramienta para ampliar derechos, integrar regiones postergadas y sostener un modelo de desarrollo con inclusión.

Ese tipo de políticas no es neutro. Supone afectar intereses. Supone desplazar privilegios. Supone redefinir el rol del Estado frente a sectores que históricamente han condicionado su funcionamiento.

Por eso la persecución tampoco es neutra.

La historia argentina ofrece ejemplos elocuentes. Ramón Carrillo y Juan Pistarini impulsaron transformaciones estructurales que ampliaron derechos y modificaron la vida de millones. También fueron perseguidos, desacreditados y relegados por los mismos sectores que reaccionan cada vez que el Estado deja de responder a sus intereses. Con el tiempo, ese juicio se revirtió y sus nombres quedaron asociados a una etapa de expansión social.

En ese recorrido histórico se inscribe hoy la figura de Julio De Vido. No como un caso aislado, sino como parte de una tradición política que, cuando avanza sobre privilegios consolidados, encuentra como respuesta la judicialización, la estigmatización y, en muchos casos, la persecución.

La discusión de fondo ya no es solo jurídica. Es política.

Porque cuando un proceso judicial se desarrolla sobre un cuerpo enfermo, cuando la detención se sostiene pese a advertencias médicas reiteradas y cuando los antecedentes muestran consecuencias irreversibles, lo que está en juego deja de ser únicamente la aplicación de la ley. Pasa a ser la responsabilidad de un sistema que puede convertir una causa en una condena anticipada.

La Argentina ya conoce ese desenlace. Y no puede repetirlo.