A 49 años del asesinato de Rodolfo Walsh
Hay una imagen que resiste el tiempo con la terquedad de los hechos verdaderos: un hombre de cincuenta años camina por el centro de Buenos Aires con sobres en la mano. Los va echando en los buzones. Sabe que lo están buscando. Lo sabe desde hace meses. Y aun así camina, uno por uno, buzón por buzón, con la calma irritante de quien ha tomado una decisión definitiva.
Adentro de esos sobres viaja un texto que ningún diario va a publicar. Que ninguna redacción va a tener el coraje de abrir. Que va a circular en fotocopias, en susurros, en el exilio, en el miedo. Pero que va a sobrevivir a todos los que esa mañana eligen mirar para otro lado.
Pocas horas después, Rodolfo Walsh es emboscado por un grupo de tareas de la ESMA. Lo hieren. Se lo llevan. Sus restos nunca aparecieron.
Había nacido en la Patagonia, de ascendencia irlandesa, el 9 de enero de 1927. Fue lavacopas, corrector, traductor, criptógrafo, cuentista policial, novelista sin novela, periodista sin redacción, militante sin retaguardia. Fue, sobre todo, alguien que entendió antes que casi nadie que la literatura y el periodismo no son oficios separados, y que ninguno de los dos sirve de mucho si no incomodan a alguien.
Con Operación Masacre, publicada en 1957, hizo algo que en ese momento no tenía nombre: reconstruyó los fusilamientos de José León Suárez con las herramientas del periodismo de investigación y la tensión narrativa de la mejor ficción policial. Lo que hoy se llama non-fiction o nuevo periodismo, Walsh lo hizo cuando Truman Capote todavía no había escrito una sola línea de A sangre fría. Lo hizo desde Argentina, en castellano, publicado con miedo, leído con más miedo todavía.
Gabriel García Márquez llamó a su última carta una obra maestra del periodismo. No es un elogio menor viniendo de quien viene. Pero lo notable no es solo la calidad literaria del texto. Es que Walsh se tomó tres meses para escribirlo mientras vivía clandestino, mientras enterraba a su hija Victoria —muerta en combate meses antes—, mientras sabía que cada día podía ser el último. Y aun así eligió la precisión sobre la diatriba. Eligió los datos sobre la rabia. Eligió hacerle preguntas a la Junta que la Junta nunca iba a responder, pero que el tiempo iba a responder por ellos.
"Una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada", escribió sobre la política económica de la dictadura. No sobre las torturas, no sobre los desaparecidos —que también—, sino sobre algo que consideraba aún más estructural: el modelo que se aplicaba mientras las cámaras miraban para otro lado.
Cuarenta y nueve años después, esa frase no necesita actualización. Sí necesita contexto.
Hoy un gobierno elegido democráticamente aplica el más drástico ajuste económico de la historia reciente mientras sostiene, con llamativa comodidad, que los crímenes de la dictadura fueron "un exceso de algunos" o directamente los relativiza bajo el paraguas ideológico de la "guerra sucia". El Presidente de la Nación habla de los setenta con la soltura de quien nunca tuvo que buscar a nadie. Y una parte del periodismo —no todo, pero sí una parte visible y ruidosa— acompaña ese relato con la misma mansedumbre con que otro periodismo acompañó el silencio en 1976.
No es lo mismo. Es necesario decirlo: no es lo mismo. Pero las resonancias existen y son incómodas.
Walsh no denunció solo el terrorismo de Estado. Denunció la complicidad del silencio. Denunció a los medios que eligieron no ver. Denunció a los economistas que diseñaron el hambre con ecuanimidad técnica. Denunció, en definitiva, la idea de que hay crímenes que se pueden cometer si se los llama por otro nombre.
En 2025, el debate sobre memoria, verdad y justicia dejó de ser un consenso incómodo para convertirse en un campo de batalla abierto. Hay funcionarios que cuestionan el número de desaparecidos. Hay voces que piden "dar vuelta la página" sin haber terminado de leerla. Hay una disputa activa por el sentido de lo que pasó, como si los hechos fueran una opinión más en un panel de televisión.
Walsh, que era periodista antes que cualquier otra cosa, hubiera sabido exactamente qué hacer con eso: buscó los cuerpos, entrevistó a los sobrevivientes, consiguió los documentos, y publicó. No esperó que la historia se aclarara sola. La aclaró.
Eso es lo que el periodismo puede hacer cuando decide tomarse en serio su propio oficio. No el que espera el comunicado oficial. No el que necesita dos fuentes del mismo lado para animarse a publicar algo. El que sale a buscar, el que reconstruye, el que le pone nombre a lo que otros llaman "versiones" o "dichos" o "según se supo".
Esos sobres que echó en los buzones esa mañana llegaron. Tardaron años, décadas. Pero llegaron.
El periodismo que vale la pena siempre llega, aunque nadie lo quiera publicar.