Durante el entretiempo del partido contra Tigre, el club homenajeó a los 11 socios detenidos desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar. Banfield es uno de los primeros clubes del fútbol argentino en re-asociar a las víctimas del terrorismo de Estado.
El Club Atlético Banfield dejó vacías 11 butacas en la tribuna Eliseo Mouriño durante el entretiempo del partido contra Tigre para homenajear a sus socios detenidos desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar. El gesto, simple y contundente, condensó en una imagen lo que cincuenta años de historia no siempre lograron decir con palabras: esas personas estuvieron ahí, en esas tribunas, vivieron ese club como propio y el Estado terrorista se los llevó. Las butacas vacías no son una metáfora. Son la presencia de una ausencia que todavía duele.
El homenaje tiene además una dimensión institucional concreta. Banfield es uno de los primeros clubes del fútbol argentino en re-asociar a quienes fueron víctimas del terrorismo de Estado, una decisión que restituye simbólicamente la pertenencia de esas personas a la institución que el golpe también les arrebató. No alcanza con recordar los nombres. Hace falta que el club los reconozca como suyos, que les devuelva el carnet, que los cuente entre los suyos. Eso es lo que Banfield hizo este viernes.
El fútbol argentino y la dictadura tienen una historia que la memoria colectiva tardó en procesar con honestidad. El Mundial de 1978, organizado por la Junta Militar mientras funcionaban centros clandestinos de detención a pocos kilómetros de los estadios, es el símbolo más visible de esa relación. Pero la dictadura también se infiltró en los clubes, persiguió a sus dirigentes y desapareció a sus socios. Que Banfield elija el marco de un partido de fútbol, en el entretiempo, frente a su propia hinchada, para rendir ese homenaje, dice algo sobre cómo una institución puede hacer de la memoria un acto colectivo y no una ceremonia reservada para las efemérides.
A cincuenta años del golpe, con un gobierno que se abstiene de repudiar el terrorismo de Estado en el Senado y con dirigentes oficialistas que equiparan la violencia de las organizaciones armadas con el accionar del Estado, cada gesto institucional que nombra con claridad lo que ocurrió tiene un peso que va más allá del simbolismo. Once butacas vacías en una tribuna de fútbol. Once nombres que el club recuperó. Once historias que la dictadura intentó borrar y que Banfield eligió no olvidar.