Nos acompañan desde Siempre
client-img
client-img
client-img
client-img
client-img
client-img
client-img
client-img
client-img

Nota Completa

FRACTURA LIBERTARIA A CIELO ABIERTO

Publicado : 04/03/2026
(Review)

Milei apuntó contra “propios”, Villarruel rechazó versiones de renuncia y Petri la acusó de golpista. El oficialismo expuso su crisis interna en pleno inicio del año legislativo.

La interna del oficialismo dejó de ser un rumor de pasillo para convertirse en un conflicto explícito y público entre el presidente Javier Milei, la vicepresidenta Victoria Villarruel y el diputado y exministro de Defensa Luis Petri. El detonante fue el discurso presidencial ante la Asamblea Legislativa, donde Milei aseguró que “opositores y propios” sueñan con “abrazar el sillón de Rivadavia” y, en un gesto elocuente, señaló con la cabeza hacia su compañera de fórmula. La escena, breve pero cargada de simbolismo político, terminó de blanquear una tensión que venía escalando en silencio.

La respuesta de Villarruel no se hizo esperar. En sus redes sociales publicó un mensaje directo: negó cualquier intención de renunciar y afirmó que ocupará su cargo “con honestidad” hasta el 10 de diciembre de 2027. “Al que no le gusta, vota lo que quiere en el próximo turno”, escribió, en una frase que combinó desafío y advertencia interna. El texto fue leído como una señal clara de resistencia frente a las presiones que, según deslizó, existirían dentro del propio espacio para desplazarla o aislarla políticamente.

La confrontación se profundizó cuando Petri intervino con una batería de acusaciones. Sostuvo que la vicepresidenta estuvo “fuera de lugar durante dos años”, que apostó al fracaso del Gobierno, que fue funcional a la oposición y que no estuvo “a la altura de las circunstancias” en el Senado. Incluso insinuó que busca posicionarse como eventual candidata presidencial y la calificó de “golpista”, una expresión de enorme gravedad institucional que llevó la disputa a un terreno inédito dentro de la coalición gobernante. La imputación no sólo tensó el vínculo personal sino que expuso un quiebre estratégico en la conducción política del oficialismo.

Villarruel redobló la apuesta y contraatacó responsabilizando a Petri por el vaciamiento de la obra social de las Fuerzas Armadas y por haber dejado sin atención médica a miles de militares y sus familias durante su gestión. También deslizó sospechas sobre posibles irregularidades administrativas y lo acusó de “divagar como una vecina chusma”, además de ridiculizarlo por sus “cosplays” y su alineamiento acrítico con el presidente. La disputa dejó de ser programática para convertirse en un enfrentamiento personal que erosiona la cohesión del espacio libertario en un momento clave del calendario legislativo.

Lo que se exhibe no es sólo una pelea de egos sino una disputa por poder, liderazgo y proyección electoral dentro de un oficialismo que enfrenta desafíos económicos, judiciales y parlamentarios de alto voltaje. La acusación de golpismo, la negativa a renunciar y las insinuaciones de traición configuran un cuadro de inestabilidad política que contradice el discurso de orden y disciplina que el Gobierno intenta proyectar. La fractura ya no puede disimularse: la crisis interna se instaló en el centro de la escena y amenaza con condicionar la agenda del Ejecutivo en los meses que vienen.