La épica libertaria intenta presentar como refundación lo que en realidad es un programa clásico de transferencia regresiva, caída salarial y desmantelamiento del Estado.
El ministro de Economía volvió a insistir con la idea de que el Gobierno está llevando adelante “cambios de raíz”, estructurales y de largo plazo, que inaugurarían una nueva etapa histórica para la Argentina. El problema es que detrás de la retórica refundacional no hay un modelo productivo novedoso ni una estrategia de desarrollo inclusivo, sino un manual ortodoxo conocido: equilibrio fiscal a cualquier costo, contracción monetaria en plena recesión, desregulación acelerada y flexibilización laboral como receta universal. La historia económica argentina ya transitó ese camino y los resultados distaron mucho de ser “increíbles”.
El déficit fiscal no es una categoría moral sino una herramienta de política económica. Las principales economías del mundo, como Estados Unidos, Alemania y Japón, han utilizado el gasto público para estimular la actividad, sostener el empleo y financiar infraestructura estratégica. La discusión no es si hay o no déficit, sino quién paga el ajuste cuando se decide eliminarlo de manera abrupta. En la Argentina actual, lo pagan los jubilados, los trabajadores formales e informales, las provincias y las universidades públicas, mientras los sectores concentrados preservan rentabilidades y beneficios fiscales.
La consigna de “no emitir sin respaldo” se presenta como verdad revelada, pero en un contexto de caída del consumo y desplome de la producción, la contracción monetaria no genera estabilidad por sí sola. Sin una política activa de generación de divisas a través de la industria, la ciencia y el valor agregado, la restricción externa reaparece. Ajustar no crea dólares; producir y exportar con mayor complejidad sí. Sin mercado interno dinámico, no hay inversión que se sostenga en el tiempo.
El señalamiento contra los llamados “gerentes de la pobreza” simplifica un problema estructural. La pobreza no surge de la intermediación social, sino de la desindustrialización, el desempleo y la pérdida del poder adquisitivo. Cuando el Estado se retira de los territorios y desfinancia políticas sociales, la exclusión no desaparece: se profundiza. Convertir a las organizaciones sociales en enemigo interno es funcional a una narrativa que busca invisibilizar las causas estructurales del deterioro social.
La desregulación indiscriminada tampoco es sinónimo automático de eficiencia. En la década del noventa, bajo el gobierno de Carlos Menem, la apertura irrestricta y las privatizaciones prometieron modernización y terminaron en concentración económica, pérdida de soberanía y una crisis que estalló en 2001. La experiencia histórica demuestra que sin regulación estatal los mercados tienden a consolidar posiciones dominantes, no a democratizar oportunidades.
Cuando el oficialismo habla de una “ley laboral seria”, el trasfondo es la flexibilización. Reducir indemnizaciones y ampliar períodos de prueba puede abaratar despidos, pero no garantiza empleo de calidad ni crecimiento sostenible. La evidencia comparada indica que la precarización laboral debilita el consumo interno y erosiona la cohesión social. El trabajo no es una variable de ajuste: es el corazón de cualquier proyecto nacional.
Finalmente, la apelación al “comunismo kirchnerista” como amenaza inminente opera más como consigna identitaria que como diagnóstico económico. Entre 2003 y 2015, con un Estado activo y políticas de ampliación de derechos, la Argentina redujo el desempleo, expandió la cobertura previsional y recuperó capacidad industrial. No fue un experimento comunista, sino un esquema de capitalismo con intervención estatal orientado al mercado interno y la inclusión social.
La historia no cambia por proclamas ni por siglas exaltadas. Cambia cuando mejora la vida concreta de la mayoría. Si el salario real cae, la industria se retrae y el tejido social se debilita, no hay revolución estructural en marcha: hay un ajuste clásico con retórica épica. Y la Argentina ya conoce demasiado bien ese libreto.