El reencuentro de la Juventud Universitaria Peronista en 2003, a 30 años de su fundación, fue mucho más que un aniversario: fue un acto de memoria, abrazo y promesa colectiva. Entre viejos militantes, exilios, ausencias y compañeros desaparecidos, reapareció la figura de Miguel “Pancho” Talento, referente político de los años setenta. Su muerte reciente vuelve a interpelarnos sobre el valor de la militancia, la lealtad a los sueños y la construcción de un país libre, justo y soberano.
Cuando se cumplieron los 30 años de la JUP (Juventud Universitaria Peronista), el grupo organizador convocó a los que quedábamos por estos lados, a los que pudieron volver de los largos exilios, a los que nunca habían regresado, a los perdidos por desavenencias políticas y a tantos y tantas que se habían alejado de las experiencias militantes de aquellos tiempos. Sería, además, un homenaje a los compañeros y compañeras desaparecidos.
La primera juntada —y las siguientes— se hicieron en la mítica librería Gandhi, del querido Elvio Vitali, uno de los compañeros de la militancia en la Facultad de Derecho.
Hubo largas discusiones sobre dónde se haría el acto, quiénes hablarían, a quiénes invitar, quién diría el discurso central. Todas esas cuestiones organizativas de algo que ya se intuía potente.
Hacía muchos años que no nos veíamos. Algunos no habíamos participado de aniversarios anteriores. Este tenía un sabor distinto: corría el año 2003, había alegría y ganas, muchas ganas de volver a militar apasionadamente. Ya todos habíamos pasado la cincuentena y estábamos convencidos de que lo merecíamos: por los que quedamos y por los que nos fueron arrebatados.
Entre todos apareció un hombre alto, corpulento, de sonrisa permanente. Se había sentado en una de las últimas mesas y participaba de tanto en tanto con alguna sugerencia. Me impactó verlo: su presencia se imponía. Ahí caí en la cuenta de que era Pancho Talento. Nuestro referente político.
A medida que íbamos llegando y reconociéndonos, los abrazos eran constrictores, como si no pudiéramos despegarnos después de tanta ausencia. El cuerpo hablaba lo que las palabras no alcanzaban a decir.
Finalmente, después de varias juntadas entre libros y mesitas de café, se decidió que el festejo de la JUP fuera en el Museo Evita. Y así fue.
La fecha elegida: 21 de septiembre. Mientras hacíamos la cola para entrar, siguieron los abrazos, los reconocimientos, las miradas que decían “estamos vivos”. Inmensa felicidad.
A los de JUP Arquitectura nos tocó una mesa muy cerca del escenario. Excelente ubicación. Cada agrupación por facultad tenía asignado su lugar, como en los viejos tiempos, como si el tiempo no hubiera pasado.
No recuerdo si Miguel habló esa noche, pero se lo percibía como aquel dirigente estudiantil al que escuchábamos en las asambleas con inmenso respeto. La autoridad no se imponía: emanaba.
El tiempo quiso que yo trabajara con él cuatro años, cuando fue legislador de la Ciudad de Buenos Aires. Fueron años de gran producción legislativa y, para mí, de enorme aprendizaje.
Pancho era un tipo muy culto, gran escucha y, sobre todo, profundamente generoso. Cuando terminó su mandato, lo lamentamos. No le dieron la oportunidad de la reelección. Una pena: hubiéramos tenido otros cuatro años de un gran legislador. Decisiones y traiciones, esas que también escriben la historia.
Ayer me avisaron que falleció. Padeció durante largos años una enfermedad terminal, la ELA -esclerosis lateral amiotrófica-. Peleó a lo Pancho: sin tregua y con un espíritu de lucha admirable. No pudo. Lo venció la parca.
Miguel “Pancho” Talento es esa parte de la historia de los setenta que fue nuestra juventud, nuestros deseos, nuestras esperanzas, nuestras luchas, nuestra búsqueda por un país para todos.
Un país libre, justo y soberano.
Ahora, querido Pancho, sos memoria. Nuestra memoria.
Esa que transmitiremos a quienes siguen caminando.
HLVS, compañero.