La entrada del Ejército Rojo al mayor campo de exterminio nazi reveló al mundo la dimensión industrial del genocidio. Ocho décadas después, la memoria del Holocausto vuelve a interpelar frente al avance del odio, el negacionismo y la deshumanización.
El 27 de enero de 1945, las tropas soviéticas liberaron el complejo de Auschwitz-Birkenau y expusieron ante la comunidad internacional el núcleo más brutal del proyecto nazi: el exterminio sistemático de millones de personas organizado como política de Estado. Las imágenes de los sobrevivientes, los crematorios y los restos de una maquinaria pensada para matar marcaron un punto de quiebre histórico y dejaron al descubierto una verdad que ya no podía ser negada.
Auschwitz concentró la lógica del Holocausto. En ese campo de exterminio fueron asesinadas más de un millón de personas, en su mayoría judíos y judías, pero también gitanos y gitanas, disidentes políticos, personas con discapacidad, homosexuales y otros colectivos perseguidos por el régimen nazi. El genocidio no fue un acto de barbarie espontánea, sino el resultado de una racionalidad moderna que combinó ideología racista, burocracia estatal, ciencia y técnica al servicio de la aniquilación.
La liberación del campo permitió comprender que el nazismo no solo buscó eliminar cuerpos, sino destruir la condición humana. La reducción de personas a números, la administración de la muerte y la deshumanización sistemática formaron parte de un engranaje que funcionó con eficiencia y planificación. Auschwitz no fue una excepción, sino el símbolo extremo de un sistema que convirtió el odio en norma y la exclusión en doctrina.
Sin embargo, incluso en ese escenario de aniquilación total, existieron formas de resistencia. Hubo rebeliones, sabotajes, redes clandestinas y gestos mínimos de solidaridad que desafiaron la lógica del campo. No se trató de acciones con expectativas reales de victoria, sino de actos de afirmación ética y de recuperación de la dignidad humana frente a un poder que buscaba negarla por completo.
A 81 años de la liberación de Auschwitz, la memoria del Holocausto conserva una vigencia inquietante. El mundo actual vuelve a estar atravesado por guerras, desplazamientos forzados, persecución de migrantes y el crecimiento de discursos racistas, xenófobos y supremacistas. El negacionismo y la banalización del mal reaparecen en el espacio público, muchas veces legitimados desde el poder político o amplificados por los medios y las redes.
Recordar Auschwitz no es un ejercicio ritual ni una evocación del pasado distante. Es una advertencia histórica frente a cualquier proyecto que pretenda dividir a la humanidad entre vidas que valen y vidas descartables. En un contexto global de desigualdad creciente y violencia naturalizada, la memoria del Holocausto exige no solo recordar, sino asumir una responsabilidad activa frente a la injusticia y la deshumanización.