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SEMANA TRÁGICA Y REPRESIÓN DE CLASE

Publicado : 12/01/2026
(Review)

La masacre obrera de enero de 1919 expuso la alianza entre el Estado y la ultraderecha para disciplinar a los trabajadores. Más de un siglo después, la represión vuelve a ocupar un lugar central en la Argentina gobernada por Javier Milei.

Entre el 7 y el 14 de enero de 1919, Buenos Aires fue escenario de uno de los episodios más sangrientos de la historia argentina. La llamada Semana Trágica dejó un saldo de más de 700 trabajadores asesinados, miles de heridos, cientos de detenidos y torturados, y barrios obreros literalmente ocupados por fuerzas represivas. No fue un exceso ni un desborde: fue una política de Estado destinada a aplastar la organización obrera y a restaurar el orden social que exigían los sectores dominantes.

El conflicto se inició con la huelga de los obreros metalúrgicos de los Talleres Vasena, en Villa Crespo, que reclamaban jornada laboral de ocho horas, mejoras salariales y condiciones mínimas de seguridad. La respuesta fue la represión. La policía abrió fuego contra los huelguistas, provocando las primeras muertes. El entierro de los trabajadores asesinados derivó en una movilización masiva que paralizó la ciudad y terminó de encender una semana de violencia planificada.

Durante esos días, el Estado nacional desplegó al Ejército en las calles de Buenos Aires. A la represión oficial se sumó la acción de la Liga Patriótica Argentina, una organización parapolicial de ultraderecha integrada por miembros de la oligarquía, sectores conservadores, civiles armados y jóvenes de familias acomodadas, que actuó con total impunidad. Hubo allanamientos ilegales, cacerías humanas en barrios obreros, incendios de locales sindicales, ataques a inmigrantes, detenciones arbitrarias y torturas sistemáticas.

La represión no distinguió edades ni condiciones. Obreros, militantes sindicales, mujeres y familias enteras fueron víctimas de la violencia estatal y paraestatal. Los barrios de Villa Crespo, La Boca, Constitución y Barracas quedaron marcados por el terror. La prensa conservadora legitimó la masacre, construyendo el relato del “enemigo interno” y justificando el uso de la fuerza como defensa del orden y la propiedad.

La Semana Trágica dejó una enseñanza clara: cuando los trabajadores avanzan en organización y reclamos, los sectores de poder responden con violencia. El Estado, lejos de ser neutral, se alineó con los intereses empresariales y oligárquicos, utilizando a las fuerzas de seguridad y habilitando la acción de grupos civiles armados para disciplinar a la clase trabajadora.

Más de cien años después, la Argentina vuelve a transitar un camino inquietantemente similar. El gobierno de Javier Milei reinstaló la represión como política pública. El protocolo antipiquetes, la criminalización de la protesta social y el uso sistemático de las fuerzas de seguridad contra trabajadores, jubilados, personas con discapacidad y movimientos sociales configuran un escenario donde el conflicto social se responde nuevamente con palos, gases y balas de goma.

Las movilizaciones contra el ajuste brutal, la licuación de jubilaciones, el desmantelamiento de políticas públicas y el ataque a derechos conquistados encuentran como respuesta la violencia estatal y el discurso del enemigo interno. Como en 1919, se estigmatiza al que protesta, se legitima la represión y se naturaliza el sufrimiento de los sectores populares.

La memoria de la Semana Trágica no es un ejercicio académico ni una evocación nostálgica. Es una advertencia. La historia demuestra que cuando la ultraderecha gobierna y el Estado se pone al servicio de los poderosos, la represión reaparece como herramienta central. Los muertos de 1919 interpelan al presente y obligan a mirar con claridad el rumbo actual.

Recordar lo ocurrido entre el 7 y el 14 de enero de 1919 es asumir que los derechos laborales y sociales nunca fueron concedidos: siempre fueron conquistados y siempre defendidos frente a gobiernos que eligieron el camino de la violencia. La Argentina de hoy vuelve a estar ante esa disyuntiva. Y la historia ya mostró cuáles son las consecuencias de mirar para otro lado.