Poeta, periodista y militante, Francisco “Paco” Urondo fue asesinado por el terrorismo de Estado en 1976. Su historia personal, atravesada por la militancia, el compromiso intelectual y el horror represivo, sigue siendo una herida abierta que interpela al presente y reafirma la vigencia de la memoria.
Francisco Paco Urondo habría cumplido 96 años. Poeta mayor de la literatura argentina, periodista incisivo, militante revolucionario, padre y compañero, su vida fue truncada por el terrorismo de Estado, pero su figura sigue creciendo con el tiempo. La dictadura intentó clausurar su voz con balas y clandestinidad; la memoria colectiva, en cambio, lo rescata por la densidad de su obra, por su coherencia política y por una forma de vivir y escribir en la que la palabra nunca estuvo separada del compromiso.
El 17 de junio de 1976, en Mendoza, Urondo fue víctima de un operativo represivo que condensó la brutalidad del aparato genocida. Viajaba junto a su compañera Alicia Raboy, su hija Ángela —de apenas once meses— y la militante Renée “la Turca” Ahualli, cuando comenzaron a ser perseguidos a tiros. El auto en el que se desplazaban terminó chocando y, en ese contexto, Paco fue asesinado. Antes de ser secuestrada, Alicia logró entregar a su hija a un vecino. Fue el último gesto de protección posible antes de desaparecer en manos de policías de civil que la trasladaron al centro clandestino D2. Alicia Raboy continúa desaparecida hasta hoy.
Ángela no escapó a la maquinaria del terror. Tras ese primer resguardo momentáneo, fue secuestrada por los represores y llevada a la Casa Cuna. Un mes después, la familia materna logró encontrarla, pero su historia estuvo marcada por una nueva violencia: fue dada en adopción a primos que le negaron su verdadera identidad durante veinte años. Recién entonces pudo reencontrarse con su hermano Javier y comenzar el proceso de reconstrucción de su historia personal, atravesada por el plan sistemático de apropiación de niños y niñas desplegado por la dictadura.
La tragedia familiar no terminó allí. El 3 de diciembre de 1976, en la Ciudad de Buenos Aires, los grupos de tareas de la ESMA secuestraron a Claudia Urondo, hija mayor de Paco, y a su esposo Mario Koncurat. Tenían 23 y 28 años, respectivamente, y eran padres de dos hijos pequeños. Ambos permanecen desaparecidos, como parte de la larga lista de militantes arrancados de sus vidas por el terrorismo de Estado, cuyos nombres siguen reclamando verdad y justicia.
La impunidad comenzó a resquebrajarse décadas más tarde. En 2011, Renée Ahualli, quien había logrado huir y sobrevivir, prestó testimonio en los juicios por delitos de lesa humanidad en Mendoza. Sus palabras fueron claves para la condena de varios responsables del aparato represivo provincial, entre ellos Juan Agustín Oyarzábal, Eduardo Smahá Borzuk, Alberto Rodríguez Vázquez, Celustiano Lucero y Dardo Migno, por crímenes cometidos contra 24 víctimas, entre las que se encontraban Francisco Urondo y Alicia Raboy.
En 2012, otro paso fundamental en la reconstrucción de la memoria se concretó con la restitución de la identidad de Ángela Urondo. Ese acto no solo reparó una biografía individual, sino que volvió a poner en evidencia el carácter sistemático del plan represivo y la persistencia de sus consecuencias a lo largo de generaciones. La historia de Paco Urondo dejó de ser únicamente la de un intelectual asesinado para convertirse también en la de una familia devastada por el terrorismo de Estado.
En 2025, la justicia volvió a avanzar. En Mendoza, fueron imputados e indagados 17 exmilitares y expolicías por crímenes cometidos contra casi 60 niños, niñas y adolescentes durante la última dictadura cívico-militar. Entre las víctimas reconocidas se encuentra Ángela Urondo. A casi cincuenta años del asesinato de Paco, los procesos judiciales confirman que la memoria no es solo un ejercicio del pasado, sino una tarea activa del presente, indispensable frente a los discursos negacionistas y los intentos de relativizar el horror.
La vida y la muerte de Francisco Paco Urondo condensan una época, una generación y una ética. Recordarlo no es un gesto nostálgico: es reafirmar que la palabra, cuando se vuelve acción, sigue siendo una forma de resistencia.