Más de 4.000 personas en situación de calle y familias sin techo compartieron la cena de Nochebuena organizada por el Movimiento de Trabajadores Excluidos en la Plaza de los Dos Congresos, en una postal que expone el avance de la indigencia y la respuesta de la comunidad organizada frente al ajuste.
La Plaza de los Dos Congresos volvió a convertirse en un comedor a cielo abierto. En la noche del 24 de diciembre, mientras el discurso oficial insistía en el “sálvese quien pueda”, el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) llevó adelante la novena edición de su tradicional cena solidaria de Nochebuena, bajo la consigna “Ninguna familia sin Navidad”. Más de 4.000 personas compartieron la mesa, el brindis y un momento de encuentro que buscó ser refugio frente a la crudeza del contexto social.
La jornada comenzó durante la tarde y requirió un despliegue logístico inédito, acorde a una demanda social que no deja de crecer. Más de 1.000 voluntarios participaron de la organización de un evento que no se limitó a la asistencia alimentaria. Además de un menú navideño de tres pasos, se dispusieron duchas móviles, espacios de cuidado personal, peluquería y un sector especialmente pensado para las infancias, con juegos y la visita de Papá Noel, garantizando que cada niño y cada niña recibiera su regalo.
La dimensión del evento volvió a reflejar el deterioro de las condiciones de vida. Desde la organización señalaron que, a diferencia del año anterior, la convocatoria creció de manera significativa, alcanzando incluso a familias que atravesaron por primera vez las fiestas sin un techo. No se trató únicamente de personas en situación de calle: también participaron sectores de clase media empujados a la intemperie por la pérdida de ingresos, el aumento del costo de vida y la ausencia de políticas de contención.
La cena fue preparada por 50 cocineras sociocomunitarias, las mismas mujeres que sostienen los comedores en los barrios populares durante todo el año. Con los mismos saberes y la misma dedicación con la que alimentan a sus comunidades cotidianamente, llevaron adelante una tarea que desbordó lo culinario para convertirse en un acto de cuidado colectivo.
El evento contó además con un fuerte acompañamiento cultural. Artistas como Alan Sutton, Barbi Recanati, Mariu Serrano y Mundo Arlequín, junto a personalidades del ámbito cultural y periodístico, se sumaron para servir las mesas, compartir con los comensales y brindar espectáculos en vivo. La música, el arte y la presencia de figuras públicas funcionaron como un puente de integración en una noche donde las jerarquías sociales quedaron momentáneamente suspendidas.
Más allá de los números, la imagen fue política. Frente al Congreso Nacional, símbolo del poder institucional, la mesa larga y compartida volvió a expresar una respuesta concreta al individualismo promovido desde el Gobierno nacional. Allí donde el ajuste expulsa, la comunidad organizada construyó abrigo, encuentro y dignidad.
El brindis de medianoche, con el Congreso iluminado de fondo, sintetizó el sentido profundo de la jornada: en un país atravesado por la desigualdad creciente, la solidaridad no aparece como un gesto excepcional, sino como una práctica cotidiana capaz de sostener la vida y reconstruir el lazo social. En esa escena, la Navidad dejó de ser un eslogan para convertirse en un hecho colectivo.