viernes, 6 de noviembre de 2026

La debilidad de Trump no significa la derrota de Washington
En una columna de opinión para ADN Populares, el periodista Maximiliano Borches analiza las consecuencias del martes negro republicano y advierte sobre los riesgos de confundir el debilitamiento de un presidente con la pérdida de hegemonía de Estados Unidos.
El bipartidismo estadounidense es la principal arma de dominación política global. Desde finales de la II Guerra Mundial, el accionar político de republicanos y demócratas solo tiene como objetivo mantener el status quo de la supremacía yanqui en gran parte del mundo, y para eso se presentan como una especie de gigante bicéfalo, que según los vientos que corran en momentos históricos determinados (más progresista o más totalitario), una de esas cabezas -la que se dirigirá al resto de las naciones- inmediatamente adopta en su mirada el color azul o rojo para seguir manteniendo su hegemonía mundial, basada en su enorme capacidad de desarrollo armamentístico de suprema calidad tecnológica, el torrente de dólares con los que domina gran parte de las economías de países occidentales y varios orientales (a fuerza e imposición de préstamos usurarios impagables y control de puntos estratégicos de desarrollo económico locales) y –fundamentalmente- su dominación cultural. Mientras vastos sectores de las sociedades (incluida la nuestra) sueñen con “ser yanquis”, y admiren más aquella cultura en gran medida prefabricada, por sobre sus propias identidades históricos-nacionales, Estados Unidos seguirá dominando gran parte del planeta.
Ahora, el desarrollo de esta descripción del accionar del mayor imperio que la humanidad haya conocido desde los Romanos a nuestros días, no quita ni por un segundo la felicidad que sienten amplísimas comunidades a lo largo y ancho del planeta, de saber que se le puso otro freno a la distopia, la prepotencia y el patoterismo político de estos tiempos, que se suma a la derrota del fascista brasilero, Flávio Bolsonaro, y a las dificultades del premier israelí, Benjamín Netanyahu, en conformar gobierno en Israel luego de haber obtenido menos representes de los esperados ante la Knéset (Parlamento)
La contundente derrota de Donald Trump durante el martes negro republicano del 3 de noviembre pasado, es una bocanada de aire fresco para el mundo que de verdad aspira y lucha por ser libre, como también es un claro mensaje de que la prepotencia y el narcisismo político no van más, en un escenario geopolítico que a partir de ahora comienza a reequilibrarse con China y Rusia como principales actores globales, y con el bloque Asia-Pacifico como principal escenario de disputa política, cultural, económica y simbólica para las próximas décadas.
Si bien es una realidad incuestionable que el pendenciero republicano de grotescos gestos y platinado flequillo ve limitado su poder interno, no necesariamente quiere decir que ocurra lo mismo con su influencia mundial. Y esto va más allá del personaje y sus maneras. Tiene que ver con la condición misma de imperio de los Estados Unidos, que en esta nueva etapa recalculará sus prioridades estratégica que inexorablemente apuntan al este del meridiano de Greenwich.
Es probable que en esta readecuación de sus objetivos estratégicos, Israel se vea un tanto perjudicado (previo a su monumental derrota en las urnas, Trump anunció que recortará la asistencia anual de USD 4 mil millones en ayuda militar a la única democracia de Medio Oriente, lo que no equivaldría a una quita total de ayuda militar), como también la dominación que mantendrá sobre los países latinoamericanos (los más y menos lamebotas de Washington) continuará sustentada en el control económico y de recursos naturales estratégicos, a los que accede a través de firmas de leoninos contratos a cambio de promesas de inversiones que muy rara veces se cumplen, como así también a presencias militares limitadas, como en el caso de Colombia, Perú, Ecuador –y probablemente- en Ushuaia, ciudad que paradójicamente (o irónicamente) es capital de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del sur, y del sector antártico argentino.
En lo que atañe al destino de descarte del principal bufón de Trump en el mundo: el presidente Javier Milei (sin dudas, el peor error histórico de este bendito país), difícilmente logre el sostenimiento económico que logró con besos y abrazos íntimos prodigados por el secretario del Tesoro yanqui, Scott Bessent, y el stablishment saque a jugar a la todoterreno Patricia Bullrich, para continuar con el total servilismo.
O, si finalmente el gigante bicéfalo decide mirar de azul al mundo, podrá ser que finalmente Sergio Massa obtenga el deseo que movió y mueve su vida, y experimente sentarse en el Sillón de Rivadavia, tras su oportuna desinfección.






