jueves, 22 de octubre de 2026

Estela: la memoria que nos compromete con el futuro
Por Claudio Altamirano para www.educacionymemoria.com.ar
Estela nació el 22 de octubre de 1930. Ese mismo día, en 1977, doce mujeres se reunieron para organizar la búsqueda de sus hijos e hijas desaparecidos y de los nietos y nietas que habían sido apropiados durante la dictadura. Así comenzó a tomar forma la lucha de Abuelas de Plaza de Mayo, una organización que transformó la búsqueda de sus familiares en una causa colectiva por el derecho a la identidad. Años después, la Ley 26.001 instituyó esa fecha como Día Nacional del Derecho a la Identidad.
Antes de convertirse en una de las referentes más reconocidas de esa lucha, Estela fue maestra. Comenzó a enseñar a los veinte años, en una escuela de Coronel Brandsen, donde también se preocupaba por los chicos que llegaban sin haber almorzado. Solía decir que un buen docente es «el que ama al niño». No me interesa convertirla en una estampita ni idealizar su figura. Me interesa reconocer a aquella maestra que, con sus convicciones y su sensibilidad, hizo de la preocupación por los demás una forma de estar en el mundo.
Su hija Laura también quiso enseñar. Estudió Historia en la Universidad Nacional de La Plata y soñaba con seguir los pasos de su madre. El 26 de noviembre de 1977 fue secuestrada, cuando estaba embarazada. En cautiverio dio a luz a un hijo, a quien llamó Guido. Después, fue asesinada por la dictadura.
La desaparición de Laura y el conocimiento de que había nacido su nieto llevaron a Estela a incorporarse a la búsqueda. Se jubiló para dedicar su vida a esa tarea. Quería ser, como alguna vez expresó, otro tipo de maestra. El aula se amplió: las calles, los tribunales y las universidades se convirtieron también en espacios donde enseñar, reclamar justicia y defender la vida. El guardapolvo blanco dejó lugar al pañuelo blanco, pero aquella vocación de enseñar y cuidar a los demás siguió presente.
En agosto de 2014, después de décadas de búsqueda, se confirmó la identidad de su nieto, Ignacio Montoya Carlotto, a quien Laura había llamado Guido. Ese encuentro no cerró la historia de las Abuelas ni puso fin a su tarea. La búsqueda continúa mientras haya personas que desconozcan su verdadera identidad y familias que todavía esperan respuestas.
En 2016 tuve la oportunidad de acompañar a Estela en un acto en el que la Universidad Nacional de José C. Paz le otorgó el doctorado honoris causa. Recuerdo sus palabras dirigidas a los jóvenes: «A los jóvenes les recomiendo que estudien porque la sabiduría nos hace libres». También recuerdo su sonrisa y su serenidad, una serenidad que nunca significó renunciar a la firmeza de sus convicciones.
En uno de nuestros encuentros, Estela me llamó «el maestro». Guardo ese gesto con especial afecto. No por el reconocimiento en sí mismo, sino porque sentí que, más allá de nuestras trayectorias diferentes, compartíamos una convicción: enseñar es comprometerse con los demás, con sus derechos y con la posibilidad de construir una sociedad más justa.
Hay otra imagen suya que conservo. En una ocasión, después de una actividad, mientras los jóvenes se retiraban, Estela se quedó acomodando las sillas. No había cámaras ni un público que esperara algo de ella. Simplemente, estaba haciendo lo que consideraba necesario. El encuentro no terminaba cuando concluían las palabras: también había que cuidar el espacio compartido, dejarlo ordenado y prepararlo para quienes vendrían después.
En esa escena encontré una enseñanza que no necesitaba palabras. El compromiso también se expresa en esos gestos que parecen pequeños, pero que revelan una manera de entender la vida en común. Para mí, aquella imagen reunió algo esencial de Estela: la coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace.
Hoy esa enseñanza adquiere una urgencia particular. Mientras persisten discursos negacionistas que buscan relativizar los crímenes de la dictadura, las Abuelas continúan buscando a quienes todavía desconocen su identidad. No hablamos de un pasado cerrado ni de una memoria que pueda guardarse en los libros. Hablamos de derechos vulnerados, de verdades que deben sostenerse y de una búsqueda que sigue reclamando el compromiso de la sociedad.
Frente al terrorismo de Estado, Estela y las Abuelas no respondieron con resignación. Se organizaron, buscaron pruebas y construyeron caminos de justicia. Nos enseñaron que la esperanza no consiste en ignorar la oscuridad, sino en actuar para que no tenga la última palabra.
Como maestro, me preocupa que las nuevas generaciones conozcan esta historia solamente a través de una fotografía o una efeméride. Necesitan comprender las decisiones de quienes lucharon, reconocer el valor de la organización colectiva y descubrir que los derechos no se conceden para siempre: se conquistan, se defienden y se transmiten. Educar en derechos humanos es también ayudar a mirar críticamente el presente y a no naturalizar ninguna forma de deshumanización.
Al cumplir 96 años, quiero expresarle mi gratitud a Estela por su trayectoria y por aquello que, en nuestros encuentros, sus palabras y sus gestos me ayudaron a comprender. Desde mi lugar de maestro, esa gratitud se convierte en compromiso.
Seguiremos buscando.
Seguiremos enseñando.
Seguiremos defendiendo la memoria.






