martes, 6 de octubre de 2026

No confundir batalla cultural con prepotencia comunicacional
Marcelo Duhalde analiza para ADN Populares la distancia entre la construcción profunda y colectiva de sentido y una comunicación orientada a imponer consignas, manipular audiencias y obtener resultados circunstanciales.
La batalla cultural es una tarea seria. Supone disputar sentido, revisar el relato histórico, poner en cuestión los lugares comunes que naturalizan la desigualdad, la dependencia o el cinismo. Es un trabajo lento, de fondo, de años, que exige estudio, coherencia, actividad y ejemplo. Los grandes que la dieron en Argentina —de Jauretche a Hernández Arregui, de Cooke a Ortega Peña y Duhalde, de Enrique Santos Discépolo a Eladia Blázquez, de Leopoldo Marechal al Indio Solari y muchos más — no gritaron más fuerte. Pensaron más hondo.
Otra cosa muy distinta es la prepotencia comunicacional.
Hay que decirlo con claridad: la comunicación es una herramienta necesaria de difusión de la cultura y la política. Puede servir para informar con veracidad sobre acciones y proyectos, pero también para difundir información falsa. Y cuando es puesta al servicio de intereses espurios de un sector o de un grupo, manipula a la sociedad.
Ahí está el límite. Cuando la comunicación se usa para difundir, explicar y organizar, es parte de la batalla cultural. Cuando se usa para manipular, ocultar y operar para una facción, deja de ser batalla y se vuelve prepotencia.
La confusión entre ambas es peligrosa por tres razones.
1. La batalla cultural escucha. La prepotencia solo se escucha a sí misma.*
Dar batalla cultural implica entender por qué el otro piensa como piensa, qué experiencia material sostiene su sentido común. La prepotencia parte del supuesto inverso: el otro es tonto, comprado, moralmente inferior u objeto de sometimiento. Así no se convence. A lo sumo, se manipula un rato.
2. La batalla cultural produce doctrina. La prepotencia produce consignas.*
Una idea que resiste 20 años de debate, de crisis y de gestión es cultura. Una frase ingeniosa que dura 20 horas en Twitter, aunque sea efectiva, si está al servicio de una interna de grupo y no de un proyecto colectivo, es solo ocurrencia. Cuando confundimos herramienta con fin, vaciamos de contenido el proyecto que decimos defender.
3. La batalla cultural se juega en la vida. La prepotencia se juega en tiempo determinado por intereses circustanciales.
Se gana cuando un trabajador vuelve a sentir orgullo de su trabajo, cuando un joven encuentra en la historia nacional una clave para su futuro, cuando una comunidad se organiza. No se gana cuando tenemos más likes que el adversario, ni cuando logramos instalar una mentira efectiva por un rato.
El gran mito: ¿ganó la ultraderecha la batalla cultural?
Es común oír que la ultraderecha, que Milei, ganó la batalla cultural. Es absolutamente falso.
Lo que ganaron es otra cosa: ganaron la batalla del algoritmo. Ganaron la prepotencia comunicacional. Tienen audiencia, pero no tienen cultura.
Porque hay que hacer la pregunta incómoda: ¿quiénes son y dónde están los creadores de cultura del oficialismo?
Una batalla cultural se gana cuando producís novelistas que cuenten tu época, cineastas que la filmen, músicos que la canten, historiadores que la expliquen, filósofos que la piensen, científicos que la proyecten y docentes que la transmitan en el aula.
¿Dónde están? No están.
El oficialismo no tiene una literatura. Tiene relatos gastados.
No tiene un cine. Tiene clips de TikTok.
No tiene una canción popular. Tiene jingles con IA.
No tiene historiadores. Tiene negacionistas de oferta y demanda.
No tiene una universidad. Tiene panelistas que insultan a la universidad.
No tiene un teatro, un muralismo, una poesía. Tiene una estética de meme importada de foros de EEUU.
Lo que hay es un ecosistema de difusores, no de creadores. Influencers, youtubers, trolls y canales de streaming muy eficientes para amplificar operaciones, para instalar consignas, para manipular. Pero eso no es cultura. Es comunicación al servicio de un sector.
Por eso se les nota mucho el vacío. La cultura es arraigo. Es producción simbólica que permanece aunque cambie el gobierno. El Martín Fierro sobrevivió a todos los gobiernos. La Marcha Peronista sobrevivió a 18 años de proscripción. El rock nacional sobrevivió a la dictadura. ¿Qué de lo que hoy produce el oficialismo va a sobrevivir a esta gestión?
Nada, porque no hay creación. Hay reacción. Viven definiéndose contra lo anterior: anti-peronismo, anti-estado, anti-feminismo, anti-todo. Pero no hay un «pro». No hay una propuesta de hombre argentino, de comunidad organizada, de proyecto de país que pueda ser cantado, filmado o escrito.
Ganaron el ruido. No ganaron el sentido.
Por eso la tarea no es copiarles la prepotencia. Es volver a la batalla cultural de verdad: formar, crear, organizar, producir cultura popular, con creadores vivos, en territorio, con verdad y con proyecto y soberanía.
Porque la cultura no se crea gritando, ni por decreto. Mucho menos manipulando. Se gana representando al ser nacional, produciendo y permaneciendo.






