Cooke y el peronismo que todavía incomoda

A 58 años de su muerte, su pensamiento obliga a discutir si el movimiento nacional conserva voluntad transformadora o acepta limitarse a administrar la derrota.

El 19 de septiembre de 1968 murió en Buenos Aires John William Cooke, uno de los dirigentes más lúcidos, incómodos y radicalmente coherentes que produjo el peronismo. Había sido diputado nacional, delegado de Juan Domingo Perón durante la proscripción, organizador de la Resistencia y protagonista de una militancia antiimperialista que vinculó la liberación argentina con el destino de América Latina. A 58 años de su muerte, recordarlo no debería ser un ejercicio de nostalgia, sino una interpelación directa a un movimiento que vuelve a debatirse entre la vocación de transformar la realidad y la resignación de limitarse a administrar sus consecuencias.

Cooke comprendió que el peronismo no podía explicarse como una maquinaria electoral ni como una doctrina cerrada, porque su potencia provenía de haber incorporado a la clase trabajadora como sujeto central de la política argentina. Por eso escribió que “el peronismo sigue siendo el hecho maldito de la política argentina”: no porque su existencia fuera una anomalía, sino porque expresaba a las fuerzas sociales capaces de cuestionar el orden construido por las minorías privilegiadas. La oligarquía no persiguió al peronismo solamente por sus dirigentes, sus símbolos o sus rituales, sino porque detrás de ellos aparecía un pueblo organizado que había aprendido a reclamar derechos, poder y dignidad.

Después del golpe de 1955, Cooke sufrió prisión, persecución y exilio, pero nunca confundió la unidad del movimiento con el silencio frente a sus contradicciones internas. Perón lo designó su representante en la Argentina durante los años más duros de la proscripción, cuando pronunciar su nombre, exhibir sus emblemas o cantar la marcha podían convertirse en delitos. Junto con Alicia Eguren, su compañera política y afectiva, extendió su mirada hacia la Revolución cubana y comprendió que la dependencia argentina formaba parte de una estructura continental dominada por los intereses de Estados Unidos y las oligarquías locales.

Su pensamiento conserva vigencia porque también fue una batalla por el sentido de las palabras. “En un país colonial, las oligarquías son las dueñas de los diccionarios”, advirtió, anticipando que la dominación no se sostiene únicamente mediante la fuerza económica o militar, sino también imponiendo los términos con los que una sociedad interpreta su realidad. Hoy llaman libertad al sometimiento ante el mercado, modernización a la destrucción del trabajo, eficiencia al desmantelamiento estatal y privilegio a cualquier derecho conquistado por quienes viven de su salario.

El gobierno de Javier Milei representa precisamente esa revancha de clase que Cooke enseñó a reconocer detrás de los discursos aparentemente universales. No existe libertad cuando las decisiones económicas quedan subordinadas al poder financiero, cuando la industria nacional es sacrificada y cuando millones de personas deben endeudarse para comer, estudiar o pagar los servicios esenciales. Cooke no habría visto en Milei una extravagancia individual ni un accidente electoral, sino la expresión política de un bloque de poder que necesita debilitar al Estado, disciplinar al trabajo y borrar toda idea de comunidad organizada.

Pero su legado también incomoda hacia adentro del peronismo. Cooke combatió la burocratización, el oportunismo y la transformación de la política en una carrera de cargos, porque sabía que ningún movimiento popular puede sobrevivir si sus dirigentes se separan de la vida concreta de quienes dicen representar. Frente a las discusiones reducidas a nombres, candidaturas y mesas cerradas, probablemente volvería a preguntar qué intereses sociales expresa cada proyecto, quiénes pagan sus costos y qué poder real está dispuesto a enfrentar.

Recordar a Cooke exige mucho más que compartir una fotografía o repetir una frase célebre cada 19 de septiembre. Significa defender el trabajo, la industria, la soberanía nacional, la justicia social y la integración latinoamericana, pero también construir una organización política capaz de convertir esas banderas en un programa de poder. Cooke todavía incomoda porque recuerda que el peronismo no nació para gestionar mansamente un país desigual: nació para organizar al pueblo y disputar la Argentina contra quienes siempre creyeron ser sus dueños.

Gustavo Cano
Gustavo Cano

Periodista, comunicador y conductor radial.

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