sábado, 15 de agosto de 2026

Fidel, la dignidad de no arrodillarse
A cien años de su nacimiento, el legado de Fidel Castro sigue interpelando a una América Latina que todavía disputa su derecho a construir un destino soberano, con justicia social y sin tutelajes extranjeros.
Hay dirigentes que pertenecen a un gobierno, otros a una generación y unos pocos que terminan perteneciendo a la historia de sus pueblos. Fidel Castro forma parte de estos últimos. A cien años de su nacimiento, discutir su legado no significa solamente mirar hacia Cuba o recordar la Revolución de 1959. Significa preguntarnos qué queda, en nuestra América, de aquella decisión extraordinaria de un pueblo pequeño de no aceptar que su destino estuviera escrito en Washington.
Fidel no construyó su lugar en la historia administrando lo posible. Lo hizo desafiándolo. Cuba era una isla atravesada por la pobreza, el analfabetismo, la desigualdad y una dependencia económica y política de Estados Unidos que condicionaba buena parte de su vida nacional. La Revolución cambió esa realidad porque se propuso algo mucho más profundo que reemplazar un gobierno: recuperar para los cubanos el derecho a decidir sobre su tierra, sus recursos y su futuro.
Por eso resulta imposible separar a Fidel de una palabra que atraviesa toda su trayectoria: soberanía.
La reforma agraria, la alfabetización, la construcción de un sistema público de salud, la universalización de la educación y la nacionalización de sectores estratégicos no fueron políticas aisladas. Formaron parte de una concepción según la cual la independencia política resulta incompleta cuando un pueblo no posee las herramientas materiales para ejercerla.
Ese es quizás uno de los legados más incómodos de la Revolución Cubana. Porque obliga a preguntarnos qué significa realmente ser libres. Si alcanza con tener una bandera y elecciones periódicas o si la soberanía también supone que una nación pueda decidir qué produce, cómo distribuye su riqueza, quién controla sus recursos y qué derechos garantiza a su población.
Cuba tomó esas decisiones a menos de 150 kilómetros de la principal potencia del planeta y pagó un precio enorme por hacerlo. Durante más de seis décadas soportó un bloqueo económico, comercial y financiero estadounidense destinado a asfixiar su economía y condicionar su desarrollo. Hubo además una invasión, operaciones clandestinas, sabotajes y numerosos intentos de terminar con la vida de Fidel.
Y, sin embargo, la Revolución sobrevivió.
Sobrevivió a Bahía de Cochinos. Sobrevivió a la Guerra Fría. Sobrevivió a la desaparición de la Unión Soviética y al período especial, cuando muchos pronosticaron que el socialismo cubano tenía los días contados. Sobrevivió a sucesivas administraciones estadounidenses y a décadas de aislamiento económico.
No lo hizo sin dificultades, contradicciones ni sacrificios. Ningún proceso histórico de semejante magnitud puede explicarse como una fotografía perfecta. Pero existe un dato político imposible de borrar: Cuba conservó su independencia y nunca volvió a convertirse en el patio trasero de Estados Unidos.
El legado de Fidel tampoco termina en las costas cubanas. Cuba hizo algo excepcional para un país con recursos económicos limitados: convirtió buena parte de aquello que había construido en una herramienta de solidaridad internacional.
Mientras las grandes potencias exportaban armas, capitales y condiciones financieras, Cuba exportó médicos y docentes. Sus profesionales llegaron a lugares donde muchas veces no llegaba nadie. La Revolución entendió que el conocimiento adquirido por un pueblo podía ponerse al servicio de otros pueblos.
También estuvo allí donde todavía se luchaba contra el colonialismo y el apartheid. La participación cubana en África, particularmente en Angola, constituye una parte inseparable de esa historia. Cuba envió hombres y mujeres a combatir a miles de kilómetros de su territorio sin buscar apropiarse de petróleo, minerales o tierras. Lo hizo en nombre de una concepción internacionalista que Fidel sostuvo durante toda su vida.
Para nosotros, los argentinos, su legado tiene además una dimensión profundamente latinoamericana. Fidel comprendió tempranamente que ninguna nación de nuestro continente puede alcanzar una soberanía plena en soledad. La fragmentación latinoamericana siempre fue funcional a quienes pretendieron gobernar la región desde afuera; la integración, por el contrario, fue una condición necesaria para construir autonomía.
Décadas después de Sierra Maestra, Fidel pudo ver cómo esa idea encontraba nuevas expresiones. Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Lula da Silva y otros dirigentes latinoamericanos protagonizaron una etapa en la que la región comenzó nuevamente a hablar de integración, soberanía y desarrollo desde sus propios intereses.
La derrota del ALCA en Mar del Plata en 2005 fue probablemente una de las imágenes más poderosas de aquel momento. América Latina podía decir que no. Podía discutir las condiciones impuestas desde Washington. Podía pensar una arquitectura política regional diferente. En aquella decisión también resonaba una historia que Cuba llevaba décadas sosteniendo prácticamente en soledad.
Por eso Fidel sigue siendo incómodo.
Lo es para quienes consideran natural que nuestros países exporten materias primas mientras importan tecnología. Para quienes creen que los recursos estratégicos deben quedar sometidos exclusivamente a la rentabilidad privada. Para quienes aceptan que organismos financieros internacionales condicionen las políticas económicas de gobiernos elegidos democráticamente. Y para quienes llaman libertad a la capacidad del mercado para decidir aquello que antes decidían las sociedades.
A cien años de su nacimiento, América Latina vuelve a discutir muchas de las preguntas que atravesaron la vida de Fidel Castro. Qué hacemos con nuestros recursos naturales. Qué papel debe tener el Estado. Cómo construimos desarrollo industrial y científico. Qué relación establecemos con Estados Unidos y con las nuevas potencias mundiales. Cómo garantizamos salud y educación independientemente de la capacidad económica de cada ciudadano. En definitiva, quién manda sobre nuestro destino.
No se trata de copiar la experiencia cubana. Las revoluciones no se importan y los procesos históricos no se reproducen mecánicamente. Se trata de recuperar una enseñanza mucho más elemental y, al mismo tiempo, mucho más poderosa: ningún pueblo está condenado a aceptar como inevitable el lugar que otros le asignaron.
Fidel murió el 25 de noviembre de 2016. Su generación va desapareciendo y el mundo que produjo la Revolución Cubana ya no existe. Pero permanecen las desigualdades que aquella generación quiso transformar, permanece la disputa por los recursos de América Latina y permanece la pretensión de las grandes potencias de condicionar las decisiones de nuestros países.
Por eso su legado no pertenece solamente al pasado.
Fidel Castro demostró que incluso un país pequeño puede ejercer una enorme soberanía cuando existe la decisión política de defenderla. Se podrá discutir cómo, cuándo y bajo qué circunstancias. Pero después de más de seis décadas de bloqueo hubo algo que Estados Unidos nunca consiguió hacer: volver a decidir el destino de Cuba.
Quizás por eso, cien años después de su nacimiento, Fidel continúa siendo mucho más que una fotografía, una consigna o una figura de la historia.
Es el recuerdo de que los pueblos también pueden decir que no. Y, sobre todo, de que tienen derecho a decidir por sí mismos qué país quieren construir.






