Chino básico: Lula, el blanco móvil del tecnofascismo internacional

Oscar Martínez Zemborain analizó la salida de Flávio Bolsonaro hacia Estados Unidos, cuestionó el desconocimiento del resultado electoral brasileño y advirtió sobre las presiones internacionales que podrían condicionar el nuevo mandato de Lula.

La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta presidencial del domingo 25 de octubre abrió un nuevo escenario de confrontación política en Brasil. Flávio Bolsonaro, derrotado en las urnas, se trasladó a Estados Unidos mientras cuestiona la legitimidad del resultado electoral. Oscar «el Chino» Martínez Zemborain denuncia que la maniobra busca desconocer la decisión del pueblo brasileño y advierte sobre los peligros de una ofensiva política que combina la deslegitimación de las instituciones, la búsqueda de protección internacional y la amenaza de intervención extranjera.

«Flávio Bolsonaro, derrotado en las memorables y ejemplares elecciones de Brasil, el país más importante de la región, se fugó a los Estados Unidos con la complicidad del Gobierno argentino y, por supuesto, del Gobierno de Estados Unidos», sostiene Martínez Zemborain. La denuncia sitúa el conflicto más allá de las fronteras brasileñas: el candidato derrotado no se limita a cuestionar el resultado, sino que busca respaldo en gobiernos extranjeros para sostener una disputa que los ciudadanos de Brasil ya resolvieron mediante el voto.

La contradicción del bolsonarismo quedó expuesta entre la primera y la segunda vuelta electoral. Flávio Bolsonaro aceptó el funcionamiento de las instituciones cuando el resultado lo favorecía y pasó a cuestionarlas después de su derrota. «Ese mismo Flávio Bolsonaro, que en la primera vuelta fue consagrado ganador por la misma Justicia que hoy él cuestiona, en aquel momento calladito la boca», recuerda el Chino, antes de señalar que esa actitud respondía a una razón elemental: la autoridad electoral lo había reconocido como vencedor de aquella primera instancia.

La conducta del candidato derrotado pone en discusión una cuestión central para cualquier democracia: la aceptación de las reglas electorales con independencia de quién resulte ganador. No se trata de impedir que un dirigente cuestione decisiones institucionales, sino de advertir sobre la utilización de esas impugnaciones para desconocer una derrota. En Brasil, esa ofensiva adquiere particular gravedad por los antecedentes de la familia Bolsonaro y su enfrentamiento con la Justicia.

«Hoy que el voto popular le da la espalda, resulta que recurre primero a profugarse y no hacer frente a los cinco juicios que lo tienen señalado como un potencial delincuente; que lo pruebe la Justicia», afirma Martínez Zemborain. Corresponde a los tribunales establecer si existieron delitos, pero esa obligación judicial no desaparece porque el dirigente haya sido candidato presidencial o porque encuentre respaldo fuera de su país.

La situación familiar completa el cuadro que describe el periodista. «Hoy su papá, por golpista, está preso», recuerda en referencia a Jair Bolsonaro. A continuación, señala que Eduardo Bolsonaro, hermano del candidato derrotado, también está fuera de Brasil y refugiado en Estados Unidos mientras enfrenta a la Justicia de su país.

En ese contexto, Martínez Zemborain cuestiona que Flávio pretenda ocupar una posición política que el resultado electoral no le concedió. «Y ahora este candidato a presidente, perdedor en estas limpias elecciones, pretende asumir un papel que no le corresponde», denuncia. El señalamiento no apunta solamente a la conducta individual de un dirigente, sino a la pretensión de sustituir la legitimidad de las urnas por una representación construida desde el exterior.

La victoria de Lula fue reconocida internacionalmente, pero el bolsonarismo mantiene abierta una controversia destinada a debilitar su autoridad política. «El mundo entero ha reconocido el triunfo de Lula, pero esta maniobra pretende, busca empañar, generar dudas, plantear lo peor que se puede hacer después de una elección», advierte el Chino. El problema no reside únicamente en el cuestionamiento del resultado, sino en las consecuencias institucionales de instalar una crisis de legitimidad inmediatamente después de que los ciudadanos eligieron a su presidente.

La búsqueda de protección política en Estados Unidos constituye otro elemento decisivo. Los vínculos internacionales de la familia Bolsonaro permiten trasladar una disputa interna hacia un escenario en el que intervienen intereses ajenos a la voluntad de los brasileños. Sin embargo, esa estrategia también enfrenta un límite que Martínez Zemborain sintetiza con una frase: «Pero tiene la marca del prófugo. Eso es difícil de sortear. Es muy difícil de sortear».

Las dificultades para Lula no terminan con el reconocimiento de su triunfo. El presidente reelecto deberá enfrentar una confrontación política que amenaza con prolongarse durante su nuevo mandato y que incluye iniciativas para cuestionar su continuidad institucional. «Lo que queda de aquí en adelante para el presidente Lula no es fácil de puertas adentro», señala Martínez Zemborain, al advertir que el conflicto electoral puede convertirse en una fuente permanente de inestabilidad.

La preocupación se extiende al plano internacional. «Y lo que queda para afuera tampoco es fácil, porque hay un intento de juicio político», sostiene el columnista. A esa situación agrega una advertencia sobre la posibilidad de que se reproduzcan mecanismos de intervención utilizados anteriormente en América Latina, donde los conflictos políticos internos fueron aprovechados para promover autoridades alternativas o justificar acciones extranjeras.

Martínez Zemborain identifica dos antecedentes particularmente graves. «Y no sé, si no se intentaría repetir dos cosas: la generación de un presidente falso, como en el caso de Venezuela hace algunos años, o la otra, secuestrar, como se hizo en Venezuela también al presidente Maduro», plantea. La referencia establece una relación entre la ofensiva contra Lula y las formas de intervención que buscan desplazar la decisión de los pueblos hacia gobiernos extranjeros.

La construcción de una presidencia paralela en Venezuela mostró cómo el reconocimiento internacional podía utilizarse para disputar la representación de un Estado sin resolver el conflicto mediante sus propias instituciones. El otro antecedente mencionado por el Chino introduce una dimensión todavía más grave: la intervención directa contra un jefe de Estado. En ambos casos, el problema de fondo es el mismo: la soberanía de una nación no puede quedar subordinada a la decisión de una potencia extranjera.

«Maduro es un problema de los venezolanos y ellos tienen que resolver sus asuntos políticos e internos», afirma Martínez Zemborain. Su posición no exige respaldar a un gobierno determinado, sino reconocer que las diferencias políticas de cada país deben resolverse por sus ciudadanos y dentro de sus instituciones. Ese principio también alcanza a Brasil, donde la victoria de Lula constituye una decisión popular que ningún gobierno extranjero tiene derecho a sustituir.

La ofensiva contra el presidente brasileño trasciende así el conflicto entre el Partido de los Trabajadores y la familia Bolsonaro. La disputa involucra el reconocimiento de los resultados electorales, la actuación de la Justicia y el derecho de Brasil a decidir su futuro sin imposiciones externas. La advertencia de Oscar «el Chino» Martínez Zemborain es que la derrota de Flávio Bolsonaro no cierre la confrontación, sino que se convierta en el punto de partida de una nueva maniobra contra la democracia brasileña.

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Redacción general del portal.

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