martes, 8 de septiembre de 2026

La inflación de los endeudados: financiar la comida puede costar casi el triple
Un estudio en barrios populares de 15 provincias reveló que el 59,8% de las personas pidió plata prestada para alimentarse y advirtió sobre el costo oculto de comprar en cuotas.
Una persona que financia durante un año una canasta básica alimentaria de $229.131 puede terminar pagando $659.317, un 187,7% más que su valor original. El cálculo forma parte de un informe del Instituto Periferias, realizado a partir de 5.000 casos relevados en barrios populares de 15 provincias. El estudio comprobó, además, que el 59,8% de las personas consultadas tuvo que pedir plata prestada o endeudarse para comprar comida.
El trabajo introduce el concepto de “inflación para endeudados” para describir una realidad que no aparece en el precio exhibido en la góndola. Si la canasta se financia con un costo financiero total efectivo anual del 76,36%, el monto final asciende a $307.455; con una tasa del 124,15%, llega a $345.394. En el escenario más gravoso relevado, con un costo financiero del 956,54%, el total trepa hasta los $659.317.
“El precio en góndola no es el que paga la gente”, explicó Daniel Menéndez, sociólogo y director del Instituto Periferias. La diferencia surge de los intereses, cargos y costos que se incorporan cuando una familia no dispone de la plata necesaria para comprar al contado. De esa manera, la deuda deja de financiar una adquisición extraordinaria y pasa a formar parte del precio cotidiano de llenar la mesa.
La categoría propuesta por el instituto no pretende reemplazar al índice oficial de inflación. El IPC mide la evolución de los precios, pero no refleja cuánto termina pagando una familia que debe comprar alimentos con una tarjeta, un préstamo personal o una aplicación financiera. Para los hogares endeudados, el aumento real de la comida combina entonces el valor de los productos y el costo del crédito utilizado para adquirirlos.
El dato expone un cambio profundo en la economía de los sectores populares. Las familias ya no recurren al endeudamiento para afrontar únicamente una emergencia, una celebración o la compra de un bien durable: ahora piden plata para comer. Cuando casi seis de cada diez personas necesitan financiar alimentos, la deuda deja de ser una decisión individual y se convierte en un síntoma colectivo de la crisis de ingresos.
El informe también plantea un interrogante sobre la medición de la pobreza y la indigencia. Las canastas básicas establecen cuánto debería ingresar en un hogar para cubrir sus necesidades, pero ese cálculo no incorpora el sobreprecio financiero que pagan quienes llegan sin plata al final del mes. Una familia puede necesitar mucho más que el monto fijado oficialmente si debe financiar los mismos productos con tasas que multiplican su valor.
La desigualdad también se reproduce en el acceso al crédito. Quienes cuentan con menores ingresos, trabajos precarios o antecedentes de mora suelen quedar expuestos a las tasas más altas y a las condiciones más desfavorables. Cuanto más necesita una familia el financiamiento, más caro puede resultarle, profundizando un círculo en el que la deuda sustituye al salario y los intereses consumen una parte creciente de los ingresos futuros.
Menéndez reclamó una respuesta estatal que frene la usura y alivie el costo de los bienes esenciales. Sin una recomposición sostenida del poder adquisitivo, advirtió, no habrá una solución real para el endeudamiento ni para los niveles récord de morosidad. Cuando una familia tiene que pedir plata para comprar comida, el problema no es su falta de educación financiera: el problema es que sus ingresos ya no alcanzan para vivir.






