jueves, 17 de septiembre de 2026

Frente al fascismo no hay neutralidad
Al cumplirse 50 años de la Noche de los Lápices, recordar a los estudiantes secuestrados y desaparecidos exige enfrentar el negacionismo y defender el derecho de las juventudes a organizarse.
Hace exactamente 50 años, la dictadura genocida desplegaba en La Plata el operativo represivo conocido como la Noche de los Lápices. Diez estudiantes secundarios fueron secuestrados y torturados por las fuerzas comandadas por el general Ramón Camps; seis permanecen desaparecidos y cuatro sobrevivieron. No fueron víctimas de una tragedia inexplicable: fueron perseguidos por un Estado terrorista decidido a exterminar toda forma de organización política, sindical y estudiantil.
Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha tenían entre 16 y 18 años. Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Patricia Miranda y Emilce Moler sobrevivieron al cautiverio y brindaron testimonios fundamentales para reconstruir los crímenes cometidos. Nombrarlos también significa recuperar la identidad política que los genocidas intentaron borrar y que todavía hoy algunos relatos prefieren ocultar.
No fue solamente por el boleto estudiantil. Aquella reivindicación formó parte de sus luchas, pero reducir sus vidas a un reclamo administrativo los despolitiza y los presenta como víctimas pasivas de una violencia sin explicación. Los secuestraron porque militaban, discutían el poder, denunciaban la desigualdad y se habían comprometido con la construcción de una sociedad diferente.
La dictadura no persiguió únicamente a quienes integraban organizaciones armadas. Persiguió a trabajadores, delegados sindicales, estudiantes, docentes, periodistas, abogados, artistas, religiosos y militantes populares porque necesitaba destruir la resistencia social para imponer un modelo basado en el endeudamiento, la desindustrialización, la concentración de la riqueza y el disciplinamiento de la clase trabajadora. Detrás de los centros clandestinos existió un proyecto económico y una minoría privilegiada que se benefició con el terror.
Por eso la memoria nunca puede ser neutral. A 50 años de aquellos secuestros, el Gobierno de Javier Milei intenta rehabilitar la teoría de los dos demonios, relativiza el plan sistemático de exterminio y degrada las políticas públicas de memoria, verdad y justicia. El mismo Presidente que reivindica el derrocamiento de Salvador Allende y el régimen de Augusto Pinochet encabeza una ofensiva reaccionaria que pretende quebrar el consenso democrático construido alrededor del Nunca Más.
El negacionismo no busca solamente tergiversar el pasado. Busca legitimar la represión en el presente, criminalizar la protesta y convertir nuevamente a quienes luchan en enemigos internos. Cuando un gobierno desprecia a los estudiantes, persigue a los trabajadores, estigmatiza a las organizaciones sociales y presenta la desigualdad como un orden natural, la memoria se transforma necesariamente en una herramienta de resistencia.
Defender la democracia implica garantizar el derecho de las juventudes a militar, organizar centros de estudiantes, ocupar las calles y cuestionar al poder. No se puede homenajear a los jóvenes desaparecidos mientras se ataca a quienes hoy defienden la educación pública, reclaman presupuesto para las universidades o se movilizan contra el ajuste. Recordarlos exige defender en el presente las libertades políticas y los derechos colectivos que la dictadura quiso destruir.
No aceptamos reconciliaciones con los genocidas ni falsas equivalencias entre el terrorismo de Estado y las luchas populares. Fueron 30.000, existió un plan sistemático y hubo responsabilidades militares, civiles, judiciales, empresariales y eclesiásticas. Frente al fascismo y al negacionismo no existe una posición neutral: el silencio también constituye una elección política.
A 50 años de la Noche de los Lápices, memoria, verdad y justicia siguen siendo banderas del presente. Los lápices continúan escribiendo en cada aula, cada sindicato, cada organización popular y cada movilización que se niega a aceptar la injusticia como destino. Escriben contra el olvido, contra el negacionismo y en defensa de una democracia que nunca más puede permitir que el Estado persiga a quienes luchan por transformar la realidad.




