Seguir a Francisco, volver a Perón

La Argentina necesita reconstruir un proyecto de desarrollo que vuelva a poner la producción, el trabajo, la soberanía y la justicia social en el centro. Para imaginar ese futuro hay dos legados que todavía tienen mucho para decirnos: el de Juan Domingo Perón y el del papa Francisco.

La Argentina necesita volver a discutir su futuro. No solamente cómo salir de una crisis económica, cómo pagar una deuda o cómo recuperar el poder adquisitivo perdido, sino algo bastante más profundo: qué país queremos construir para las próximas décadas y alrededor de qué principios estamos dispuestos a organizarlo.

Un país productivo e industrial, capaz de transformar sus recursos naturales y agregarles valor. Un país soberano, que pueda decidir sobre su moneda, su energía, sus alimentos, sus minerales y su desarrollo científico y tecnológico. Un país desendeudado, en el que las decisiones económicas no estén condicionadas permanentemente por sus acreedores. Un país solidario, con altos niveles de inclusión, educación y salud públicas de calidad y un Estado capaz de garantizar derechos y generar las condiciones para el desarrollo.

Para recorrer ese camino, la Argentina necesita seguir a Francisco y volver a Perón.

Volver a Perón no significa intentar reproducir la Argentina de 1946. Sería absurdo pretender aplicar mecánicamente las soluciones de hace ochenta años a un mundo atravesado por la inteligencia artificial, la transición energética, la revolución tecnológica, las nuevas formas de producción y una economía global profundamente diferente. Significa recuperar una concepción del desarrollo nacional y actualizarla para nuestro tiempo.

El primer peronismo comprendió algo elemental que la Argentina parece obligada a redescubrir periódicamente: un país que solamente exporta sus recursos naturales y compra en el exterior los productos elaborados con ellos renuncia a una parte sustancial de su riqueza y de su soberanía.

Por eso impulsó la industrialización, fortaleció el mercado interno, desarrolló empresas públicas, promovió la educación técnica y creó la Universidad Obrera Nacional, antecedente de la actual Universidad Tecnológica Nacional. La industria no era concebida solamente como una actividad económica: era una herramienta para generar trabajo, desarrollar conocimiento, distribuir riqueza y construir independencia económica.

También comprendió que ningún desarrollo podía llamarse nacional si dejaba afuera a una parte importante de la sociedad.

La ampliación de derechos laborales, las vacaciones pagas, el aguinaldo, las políticas previsionales, la expansión de la salud pública, el impulso a la educación y la eliminación de los aranceles universitarios permitieron que sectores históricamente postergados ingresaran a espacios que hasta entonces les habían sido vedados. Los hijos y las hijas de los trabajadores comenzaron a imaginar que podían llegar más lejos que sus padres.

Eso también es desarrollo.

Porque un país desarrollado no puede medirse únicamente por cuánto produce o cuánto exporta. También debe preguntarse cómo distribuye aquello que produce, qué oportunidades ofrece a sus habitantes y cuánta distancia existe entre quienes más tienen y quienes apenas pueden sobrevivir.

Allí aparece Francisco.

Durante su pontificado, Jorge Bergoglio construyó una crítica profunda a una economía que transforma al ser humano en una variable subordinada a la rentabilidad. En Evangelii Gaudium, Laudato si’ y Fratelli Tutti cuestionó la cultura del descarte, la concentración de la riqueza, la degradación ambiental y una organización económica capaz de producir enormes fortunas mientras condena a millones de personas a la exclusión.

Francisco no propuso negar la economía ni la iniciativa privada. Planteó algo mucho más trascendente: que el capital debe servir al hombre y que la economía debe estar subordinada al bien común.

Esa concepción dialoga profundamente con la idea peronista de la comunidad organizada. Entre un individualismo que convierte a cada persona en competidora de todas las demás y un Estado que pretenda absorber cada dimensión de la sociedad existe otro camino: una comunidad donde trabajadores, empresarios, universidades, cooperativas, organizaciones sociales, científicos, técnicos y Estado puedan articularse alrededor de un proyecto nacional.

Argentina necesita recuperar esa capacidad de pensarse colectivamente.

Tenemos alimentos, energía, litio, gas, petróleo, minerales, agua, territorio, capacidad agropecuaria y una extraordinaria tradición científica y universitaria. Pero poseer recursos no garantiza el desarrollo. La pregunta fundamental es qué hacemos con ellos.

Podemos limitarnos a extraer litio y exportarlo o podemos desarrollar tecnología asociada a las baterías y al almacenamiento energético. Podemos exportar alimentos o construir cadenas industriales que multipliquen su valor. Podemos extraer gas y petróleo o utilizar esos recursos para financiar una transformación productiva. Podemos entregar nuestras capacidades científicas al deterioro o convertirlas en uno de los motores de una nueva industrialización argentina.

La diferencia entre esos caminos no la determina el mercado. La determina un proyecto de país.

Ese proyecto tampoco puede descansar exclusivamente sobre dirigentes políticos. Argentina necesita recuperar la planificación y reconstruir sus cuadros técnicos. Necesita científicos, trabajadores, universidades, empresarios nacionales, intelectuales, sindicatos, cooperativas y organizaciones sociales pensando conjuntamente qué producir, dónde producirlo, qué infraestructura desarrollar, qué tecnologías dominar y qué capacidades necesitamos construir durante los próximos veinte o treinta años.

El interés individual es legítimo. Lo que no puede suceder es que el interés individual determine el destino colectivo.

Una empresa tiene derecho a obtener ganancias. Un productor tiene derecho a prosperar. Un trabajador tiene derecho a mejorar su nivel de vida. Pero por encima de esos intereses particulares debe existir un acuerdo fundamental: ninguna prosperidad puede construirse destruyendo la comunidad que la hace posible.

Eso implica también discutir la deuda. Ningún país puede considerarse plenamente soberano cuando una parte significativa de sus decisiones económicas está condicionada por compromisos externos que limitan durante décadas su capacidad de inversión y desarrollo. Desendeudarse no es solamente ordenar una variable financiera: es recuperar capacidad de decisión.

Necesitamos volver a pensar una Argentina en la que trabajar permita vivir dignamente; estudiar vuelva a ser una herramienta de movilidad social; producir sea más rentable que especular; investigar tenga sentido porque existe un país dispuesto a utilizar ese conocimiento; envejecer no signifique caer en la pobreza y nacer en un hogar humilde no determine de antemano hasta dónde puede llegar una persona.

No necesitamos regresar al pasado.

Necesitamos recuperar aquello que alguna vez nos permitió imaginar el futuro.

De Perón, las tres banderas que todavía conservan una extraordinaria vigencia: justicia social, independencia económica y soberanía política. De Francisco, la certeza de que ninguna economía puede considerarse exitosa cuando descarta seres humanos y destruye la comunidad y la naturaleza de las que depende.

Después habrá que discutir instrumentos, prioridades, plazos y políticas públicas. Habrá que convocar a nuestros mejores cuadros técnicos, científicos e intelectuales. Habrá que planificar y también corregir errores. Habrá que construir acuerdos y disputar intereses.

Pero antes necesitamos recuperar algo todavía más elemental: la voluntad de construir un destino común.

Porque una Nación no es solamente un territorio compartido ni una suma de intereses individuales. Es una comunidad que decide qué quiere hacer con aquello que tiene, qué lugar quiere ocupar en el mundo y qué futuro quiere ofrecerles a sus hijos.

Para empezar a construir nuevamente esa Argentina, quizás el camino sea tan sencillo de enunciar como difícil de realizar: seguir a Francisco y volver a Perón.

Gustavo Cano
Gustavo Cano

Periodista, comunicador y conductor radial.

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